Liberándose de toda presión, Arthur dio otra bocanada de ese humo espeso que llenaba sus pulmones, le hacía sentir como hecho de plomo y lo reducía a un estado de paz y tranquilidad. El fumadero de opio era el tipo de local más popular del East End londinense si exceptuamos los burdeles. En esos lúgubres rincones, gente de todos los estratos sociales se malograba hasta la muerte con tal de alcanzar un segundo de paz en sus atormentadas vidas. Fuera, el aire no era mucho mejor. Las chimeneas de la ciudad inundaban todo de un aroma pestilente y rancio, que hacía toser a los niños y escupir sangre a los ancianos. La vida en la capital del mundo no era como Arthur la había imaginado.

Desde que en 1490, el almirante Sir Andrew Lovehark descubriera las Indias Occidentales, el mundo se había arrodillado ante la supremacía británica. Y sobre todo ese imperio, lleno de luz y oscuridad, reinaba la más poderosa de las mujeres, Alejandrina Victoria I del Reino Unido.

Arthur Smith, de familia criolla, buscaba una nueva vida en el epicentro del Imperio. El nació y se crió en los campos de algodón que fueron liberados tras una guerra civil que enfrentó a las colonias del sur y del norte de Nueva Bretaña. Fue una masacre que la Emperatriz no quiso impedir. Dejó que sus súbditos del otro lado del Atlántico se matasen por una ley que abolía la esclavitud. La familia de Arthur escapó de milagro de aquellas reyertas y pudo afincarse en el norte. Allí sobrevivió hasta que sus padres fallecieron de una terrible epidemia de peste que asoló la región de los Grandes Lagos. Y fue cuando decidió que debía buscar las oportunidades y no dejar que se apareciesen ante él.

Desembarcó en Londres el mismo día que el RMS Titanic llegó al puerto de Nueva York. Fue robado, timado y herido en sus primeras veinticuatro horas en la capital británica. Aguantó un año viviendo de una beneficencia casi en extinción, trabajó en una fabrica textil hasta que sus manos estuvieron en carne viva debido a los agentes químicos, y finalmente consiguió un puesto respetable como lacayo en una casa de la nobleza. Pero los horrores vividos en la guerra y los años de penurias atracaban cada noche en el mar de su mente. Dormir le era tarea imposible y la única manera de despejar su cabeza de aquellos demonios era el veneno negro.

Esa noche, la respiración le pesaba cada vez más y las aguas del Támesis le llamaban. Un baño, pensó, debería ser reparador. Le ayudaría a despejar la cabeza. Cuando sumergió sus pies en el agua, se dejó arrastrar. La paz le llenaba el cuerpo. El baño era sanador. El humo espeso desaparecía de sus pulmones, el plomo de su sangre se evaporaba y la vida se le exponía plena y gozosa. Las pesadillas habían desaparecido y la paz, al fin, llegaba.

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