De joven anhelaba abrir inéditas rutas marítimas. Pero su ajetreada vida de marinero terminó varada en las playas del Algarve. Viejo ahora, pero no ocioso, trenza redes en Portinho do Forno, donde vive en una posada familiar. Le gusta pasear hasta Praia do Amado, más agradable para un baño, donde perpetúa sus ensueños de Almirante retirado.

Allí rememora las disputas palaciegas, que al final lo derrotaron a él. Entendía como nadie las trifulcas del poder, y creía saber cómo sacar partido a ese matrimonio de conveniencia, el de Castilla y Aragón. Un hombre y una mujer, el momento histórico ideal para unir la península bajo un solo reino. Se olvidó de Portugal.

¡Qué más da! Piensa ahora.

Talla un trozo de madera seca, manejando con destreza la toledana. Sentado sobre un gran tronco varado en la playa, como él, fuma una pipa. Hace un barco para su nieto, que valiente, se zambulle entre las olas. La abuela manda al nieto que acompañe al abuelo. Cristóbal cada día ve menos, y teme que un día caiga en los acantilados. Son pequeños, pero a su edad, peligrosos.

—Abuelo, ¿Qué es ese tronco que te llevas a la boca? ¿Y cómo haces para humear de esa manera?

—Lo llaman pipa de tabaco. Caliento en una cucharilla de plata el polen seco en forma de bolitas que me traen unos amigos del norte de África, cuando paran en Forno, y después lo mezclo con unas hierbas secas, a las que llaman tabaco, que me traen de las Canarias. Lo quemo todo en este pequeño cazo que tiene un agujero, por donde inspiro su humo, para luego expulsarlo lentamente de mis pulmones. Tragar y expirar el humo, me ayuda a sobrellevar el dolor.

—¿Podré un día hacer lo mismo, abuelo?

—Prefiero que no sea necesario. Y no digas a nadie que me has visto echar humo por la boca, aún pensaran que soy brujo, y solo me faltaría eso. ¡Genovés y brujo! —se ríe el viejo Cristóbal.

Su nieto vuelve a zambullirse entre las olas del Atlántico, bajo la mirada del anciano marinero que, al alzar la vista, distingue un par de naves en el horizonte. Volviendo a casa por la costa, a la hora de comer, observa que son más las embarcaciones que se acercan. No conoce aquellas naos, que se dirigen hacia ellos.

Sube al mirador cercano a la hacienda, y con un catalejo las enfoca. Parecen seres venidos de un infierno desconocido. No reconoce qué clase de tripulación extraña las conduce. Sobresale un hombre de tez oscura adornado de metal brillante, y plumas de mil colores, que gobierna la embarcación que va enfrente, la más grande.

Ensillaría el caballo, pero encuentra inútil correr a pedir auxilio. Si ha de morir hoy, será con la conciencia tranquila, entendiendo que sí hay otras tierras más allá. Sean de donde sean esos marineros, sabe que le van a dar la razón a sus ignoradas quimeras.





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