19/10/48

Nuestro transporte tomó tierra esta tarde a las afueras de Cuzco. Pese al retraso provocado por la tormenta que nos azotó durante la mayor parte del trayecto, fuimos recibidos por el Suyuyuc Apu con todos los honores. Estar por fin en esta tierra tan desconocida y plagada de maravillas, conocer a su gente de piel tostada por el sol al que adoran como deidad, es algo que me entusiasma y me aterra al mismo tiempo.

El Suyuyuc Apu se mostró extremadamente amable y atento con nosotros. A través de Sir Burroughs, eminente lingüista asignado por los Reinos de Europa para ejercer como su intérprete personal, nos expresó su deseo de que las reuniones que tendrán lugar en los próximos días con los representantes de los Pueblos Unidos de Atahualpa constituyan el preludio de importantes acuerdos comerciales entre ambos continentes.


20/10/48

A instancias del Suyuyuc Apu, Sir Burroughs se ha convertido en poco menos que mi sombra. Por un lado, su compañía resulta imprescindible para comunicarse con los diplomáticos y los ciudadanos de a pie; por otro, su insana afición por la hoja de coca empieza a resultar fastidiosa. La masca a todas horas.

Mañana conoceremos por fin al Inca. Ruego a Dios Todopoderoso que me conceda el aplomo necesario para enfrentarme a este encuentro crucial como lo haría un digno hijo de la corona inglesa y embajador de Europa.

21/10/48

El calor asfixiante de esta región me impide dormir. Me levanté de madrugada y salí a dar un paseo por los jardines del palacio donde nos alojamos. Deambulé en la oscuridad, disfrutando de los sonidos y olores de la selva que nos rodea, hasta que advertí que me había extraviado.

Mientras trataba de encontrar el camino de vuelta a mi habitación divisé, escondida entre los árboles, una hermosa piscina de piedra. Sus aguas cristalinas resultaban extremadamente tentadoras. Convencido de que todos estarían durmiendo y a nadie le importaría que me refrescase un poco, me desnudé y entré en el agua, lo que me proporcionó un gran alivio. Tomé aire y me sumergí hasta tocar el fondo. Al emerger, unos segundos más tarde, oí un grito de furia. Antes de entender lo que estaba ocurriendo me encontré rodeado de guardias que me sacaron a tirones de la alberca. Al parecer, según me informaron más tarde a través de Sir Burroughs, esta pertenece a la esposa del Inca y la ley dicta que cualquier hombre que se bañe en ella debe ser castigado con la muerte.

De modo que ahora me encuentro recluido en mi habitación, esperando al verdugo. Estoy tranquilo, porque el Suyuyuc Apu me visitó hace unas horas y me aseguró que este pequeño incidente no afectará a las relaciones entre nuestros respectivos pueblos. La misión que me fue encomendada seguirá su curso en manos del resto de integrantes de mi grupo y, pese a mi próximo deceso, el honor de mi patria permanecerá intacto.

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