Debo advertir que Colón vive de ensoñaciones, su fanatismo a las hojas de cáñamo que fuma por las noches lo hacen creer en tierras más allá, dice que son para hacer aceite para las lámparas y cuerdas para los barcos (para eso sirven) pero a mí no me engaña. Sus cálculos sobre el viaje son solo intuiciones y  a pesar de que le he ayudado a conseguir las carabelas, estoy muy arrepentido de haber iniciado este viaje con él, se supone que pasado las 700 leguas se vería tierra firme al fin, y mi experiencia sobre el mar  me dice que pasamos ese número hace 300 leguas atrás. El Almirante se encarga de informar directamente a los marineros cuentas y cálculos de cuánto falta para llegar a nuestro objetivo, pero ya vi su cuaderno de viaje y hay otros números, números mayores.

Soy Juan de la Cosa, Contramaestre de La Santa María y no estoy para juegos, Sancho y Bartolomé los pilotos, están conmigo.

Anochecía cuando llegamos al Mar de los Sargazos, llamé a la puerta de la habitación de Cristóbal junto a varios hombres armados a mis espaldas. Abrió la puerta, amable y tranquilo pues estaba bajo el efecto.... de todas las noches. Lo tomé del brazo y lo traje hacia afuera. Los marineros pensaban como yo, un par de golpes, uno directo a la nuca y nuestro compañero soñador cayó inconsciente; lo amarramos y decidimos que lo mejor sería tirarlo al mar. Estábamos en eso cuando la noche se puso más oscura, más fría y el mar que anteriormente estaba tranquilo comenzó a sulfurarse.  Las embarcaciones comenzaron a mecerse violentamente,  y frente a nosotros apareció una cosa.... viscosa como echa de algas, inmensa, horrible. Mis hombres se tiraron al mar de miedo (pero que poco astutos).La blasfemia esa, balbuceaba cosas como: "no católicos" "no conquista" "no enfermedades"  y tal torbellino arrasó  con La Pinta y La Niña, vi a Martin Pinzón volar y caer al mar, vi pedazos de compañeros flotando, todo eso con Colón en mis brazos sin enterarse de lo que sucedía y de la nada la bestia desapareció.

Solo estábamos Cristóbal y yo, cuando despertó preguntó dónde estaba su gente, le expliqué lo sucedido y le rogué que volviésemos a nuestras tierras, no me creyó, recordaba lo que le habíamos echo y con eso, dio por sentado que yo había provocado todo aquello ¡y no es así!, no me encerró, pero nunca más me habló.

Como no había otra opción, volvimos a España, el Almirante no consiguió auspicio para un nuevo viaje, cayó en depresión y se lo ve debajo de los puentes, enloquecido maldiciendo a los Reyes.

Mientras tomo un baño en mi hogar pienso en lo vivido, lamentablemente no puedo olvidar las cosas que vi, y ser el único testigo de ello es demasiado para el alma, de todas maneras conté mi historia y aunque me tildan de loco nadie más a intentado hacer aquel viaje, donde monstruos y maldiciones son el único tesoro.



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