El Viajero dejó que el agua aliviara la tensión de su espalda. La reunión estaba a punto de empezar, pero no había prisa: había decisiones que tomar, y no debían tomarse a la ligera. Salió de la ducha y dejó que la brisa secara su cansado cuerpo, su mente centrada en otro lugar.

Con el pelo todavía húmedo se vistió con una túnica de lino, tejida especialmente para la ocasión, y se transportó al hemiciclo. Los hombres más poderosos del mundo se reunían allí, decidiendo el futuro de la tierra.

El Viajero se sentó junto a Fatoumata, la líder de África Austral, que le saludó con una mano temblorosa. El maquillaje no lograba ocultar sus ojeras ni las marcas que la adicción al alcohol había dejado en su envejecida piel. Tenía razones para estar afligida: toda su familia había fallecido por causa del virus Azteca.

—Las últimas pruebas lo demuestran —decía Ibrahima, presidente de África Oriental—, el virus muta demasiado rápido. Es imposible aislarlo y crear una cura.

El resto de líderes del mundo agacharon la cabeza. El tono azabache de su piel no hacía sino acentuar las marcas de preocupación que creían bajo sus ojos. Probablemente llevaban semanas sin descansar.

—Deberíamos cerrar nuestras fronteras, atenuar su avance —propuso Emmanuel, primer ministro de Euráfrica—, quizá eso nos dé más tiempo.

—Es demasiado tarde —repuso Ibrahima—, sus efectos ya han empezado a mermar nuestra población.

—¡Y el resto del mundo depende de nosotros! —Varias personas se pusieron en pie e hicieron el saludo de respeto.

—¡Deberíamos haberlos destruido hace años! —gritó enfurecida Fatoumata. El Viajero negó con la cabeza, aunque varios de los otros jefes de estado asintieron en silencio.

—No podíamos saber cuáles serían las consecuencias, Fatou. —El líder de Africa Ecuatorial era un hombre pequeño, con voz firme y pelo gris.

La sala se llenó de murmullos mientras se servía un aperitivo. El Viajero jugueteó con un huevo cocido en sus manos. Aquella situación se estaba complicando.

—De haberlo sabido —continuó Fatoumata—, habríamos cerrado las fronteras del continente Azteca. No deberíamos haber ayudado a su desarrollo.

—Va en contra nuestros valores —la reprendió Ibrahima—, hicimos lo que debíamos hacer.

El Viajero dejó su mente vagar por los pliegues del espacio y el tiempo, sopesando cada decisión y cada opción, mientras sostenía el huevo entres sus dedos. Cuando su mente volvió a su cuerpo, apoyó el huevo contra la mesa, aplastando la curvatura de su base, dejándolo de pie.

El resto de participantes lo observaron en respetuoso silencio: todos sabían que él era su mejor opción.

El Viajero los miró con pena, se levantó de su asiento y se acercó al atril frontal.

—Señores, señoras —saludó con una inclinación de cabeza—. Existe una opción. Un descubridor. Puede salvarnos.

—¿Y funcionará? —respondieron varias voces al unísono.

—Cambiará nuestro pasado. Pero funcionará.

El Viajero paseó su mirada por los rostros de todos los integrantes del consejo mientras una lágrima corría por su mejilla.

—Sí, funcionará.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Midyakri @Midyakri hace 3 meses

    Este relato me parece espectacularmente original! Enhorabuena :)


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