El empujón me hizo dar con el culo en el suelo y dejé que la gravedad terminara su trabajo. En ese momento no me sentía con fuerzas para levantarme, era más entretenido quedarme tumbado observando dar vueltas a los tejados y la farola junto a la taberna. Como si fuera una noche cualquiera desde que esa tormenta se tragó mi pequeño barco mercante, me quedé ahí hasta que el siguiente borracho que sacaron de la taberna me cayó encima. Lo aparté a un lado y con esfuerzo me levanté. Dando traspiés avancé por el puerto, admirando los barcos y lamentando lo que había perdido y que sabía que nunca recuperaría. Desde el borde del espigón me quedé escuchando las olas romper contra las rocas, el olor del salitre inundando mi nariz, en cierto modo despejándome junto con la brisa marina, y mis ojos recorrieron la negrura del mar hasta el horizonte, a las Aguas de la Muerte, esas que nadie que se había embarcado había logrado cruzar. Unos afirmaban que había un abismo al final del horizonte; otros insistían en que, simplemente, el mar era demasiado extenso como para lograr llegar a las Indias por ese lado. Yo no era de los que discutían sobre esas cosas imposibles de probar, sólo sabía que quien iba nunca volvía y que habían sido esas aguas las que me habían arrebatado mis sueños y mi vida.


Con esta convicción no sorprenderá a nadie que en un primer momento achacara al alcohol lo que mis ojos captaron emerger del horizonte. Se trataba de un navío, uno muy alargado como una canoa, era muy extraño, pero avanzaba sin descanso hacia tierra. Dio igual cuánto me froté los ojos y me pellizqué, el barco siguió navegando hasta detenerse a menos de una milla. Un par de barcas continuaron el avance y cuando desembarcaron en la orilla de la playa, me salté al agua sin más. El frío era la única opción que me quedaba para despejarme y ver la realidad. Por desgracia, la realidad seguía siendo la misma. Unas extrañas personas ataviadas con largos mantos y plumas en el pelo largo y oscuro habían llegado a las costas españolas en silencio, sin ser advertidos, pero sin haberse ocultado, y todavía no sabíamos cómo esas gentes iban a cambiar nuestras vidas. Comenzaron con la mía, convirtiéndome en “el hombre que los descubrió”. Continuó con todos aquellos que discutían si ese mar podía cruzarse y, con el tiempo, pudienron demostrar lo que yo creía que era imposible. Y siguió con la introducción de cambios en nuestra comida al traer patatas, tomates, cacao; en nuestra riqueza con el oro del que disponían; incluso logrando que gran parte de la población creyera en unos nuevos dioses, unos que te permitían cruzar el mar. El 3 de agosto de 1552, el Nuevo Mundo llegó a nosotros.

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