—¿Qué hacéis, Américo?

—Redacto una carta, ¿no es obvio?

—Por supuesto. Es solo que no esperaba veros hacerlo en una tinaja. ¿Y de qué trata?

—En ella dejo constancia de nuestro viaje. Los días que nos ha tomado, cómo hemos sido recibidos...

—¿Y habláis de nosotros?

—Por supuesto. ¿Acaso no merece el mundo saber de las hazañas de vos, Vicente Yáñez Pinzón? ¿O de don Juan de la Cosa? Creedme cuando os digo que gracias a mí os recordarán las generaciones venideras.

—Dicen las malas lenguas que en esos papelajos os referís a vos como comandante de esta cruzada.

—Pues que se muerdan para caer envenenadas a continuación. Nunca le haría algo así a don Alonso de Ojeda —mintió—. Cierto es que ya no es el mismo hombre, que ahora es un pobre adicto al alcohol y que apenas se tiene en pie, pero por lo que a mí respecta es el hombre que nos capitaneó hasta aquí.

—Hasta las Indias, cierto. Aunque Colón hubiera preferido que a estas tierras las llamásemos de la Santa Cruz.

—Reconozco que últimamente he cavilado otras denominaciones que considero más convenientes.

—¿Tal vez exista una misiva en la que os atribuís el descubrimiento de estas tierras, y por ello las bautizaréis con vuestro nombre?

El hombre delgado y de nariz aguileña abandonó la tina de un salto, del fondo de la misma sacó una daga y la puso en el cuello del Pizón.

—¿Quién ha tenido acceso a esos documentos? —exigió conocer mientras amenazaba al marinero—. ¿Quién de vosotros sabe leer, malnacido?

—Así que es cierto. Como auténtico será el testimonio que os involucra en la muerte del almirante.

—¿Cristóbal Colón? —Escupió—. Un infeliz que no supo ver la grandeza de este viaje. Yo, por el contrario, soy un visionario. Mi genio es el que os ha traído hasta este nuevo mundo. ¿Y qué, si me proclamo jefe supremo de esta expedición? ¿Y qué, si hice matar al genovés? ¿Y qué si reclamo bautizar a estas tierras con mi nombre? Tened por seguro que se llamarán Vespucia.

Y ahora, morid.

Antes de que pudiera continuar sintió un dolor que le atravesaba desde la espalda. Horrorizado vio cómo la punta de una espada salía de su pecho

—Sí que has tardado, Juan.

—Solo quería escuchar la confesión de este criminal. —Limpió el acero y lo envainó—. Y ahora, ¿qué?

—La noche nos alcanzará en breve —observó Vicente—. Tiremos el cuerpo por un acantilado y que las alimañas den buena cuenta de él. Mañana escribirás unas nuevas cartas en las que, en su nombre, confesarás su intención quitarse la vida, así como el anhelo de que le sea concedida una última petición.

—Qué intriga —reconoció divertido De la Cosa.

—Desea que se le otorgue el honor de poner nombre a esta tierra recién hallada —continuó.

—¿Escribiré, quizá, que han de bautizarse como Vespucia? ¿O como América?

—Jamás. Diremos que su alma no soporta el peso del asesinato, y que ruega a nuestras majestades que se llame Columbia.

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