Estoy seguro de que mi descubrimiento va a dejar muertos al resto de científicos. 

Renombro el estudio y me lo copio en el implante neural, con una sonrisa que no puedo borrar. La tolerancia va a más. Soy consciente de que debería haber dejado el KD4 un tiempo para que volviera al efecto de siempre, pero me siento incapaz. La última vez los cambios de humor y los temblores casi hacen que me expulsen de la Academia de Altos Estudios. Con un escalofrío abro el cajón y doblo la dosis, me vuelvo más inteligente, más rápido, más insensible. Me vuelvo en definitiva mejor, apto para dejar España y atravesar el océano a Nuevo Edén. 

Relajado en la ducho me paro a pensar en lo poco que sé del precioso continente que descubrió Italia. Creo que los españoles mandamos un barco allí lleno de presos, borrachos y un loco llamado Colón que quería llegar a la India navegando al oeste. O fueron tres barcos… En fin, para gracia de la humanidad los que no naufragaron perecieron de escorbuto en alta mar.   

La gran Roma mandó, en cambio, a las mentes más brillantes guiadas por el gran Maestre Copérnico. Nadie mejor podría haber hecho aquellos descubrimientos; plantas, insectos, medicina… Los indígenas resultaron ser el pozo de sabiduría que anhelaba la humanidad. Desde entonces solo las mentes más brillantes tienen permitido residir allí y en breve me aceptarán como uno de ellos.

Al llegar las defensas de la AAE me reconocen y zona tras zona me permiten el acceso como el gran científico que soy. El auditorio está lleno, Copernia en pleno ha venido a escucharme a mí, a un posible hermano para su continente perfecto. Atienden encandilados mientras hablo de divisiones de protones y emparejamiento lejano. Pronuncio una extraña terminología que según el KD4 se empieza a desvanecer dejo de comprender. Gracias a Dios lo he memorizado. 

Al terminar mis lágrimas corren libres y James Clay, inventor del transporte instantáneo, me repite la pregunta que no he escuchado.

—Si tuviera que destacar una aplicación, ¿Cuál sería?

—Cuando investigában la cura para el KMAD, mientras moría la mitad de la población de Copernia, ¿cuánta gente no apta hubo que sacrificar para hallar la cura? —Trato de no gesticular, la mano me tiembla. Podría deslizarme otra pastilla a la boca, pero no quiero hacerlo, quiero ser yo mismo.

—Trescientas quince personas se sacrificaron para salvar al resto. ¿Cuál es la relación con el emparejamiento de protones?

—Ninguna. Carla y Mónica, así se llamaban mi mujer y mi hija, no pasaron las pruebas de IQ, no eran aptas. Fueron de las afortunadas cobayas que les salvaron. Yo, preferiría, créanme, no haber visto lo que me devolvieron de ellas.

—Lo lamentamos, no murieron en vano.

—Una bomba. Esa es la principal aplicación.

Y en el último momento me dejo ir, recordando sus sonrisas, con las sensaciones que he acallado los dos años que llevo planeando este día y, con la seguridad de que yo tampoco muero en vano.

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