Me levanté esa mañana. Una mañana normal y corriente; o eso parecía. Me preparé el desayuno como siempre, y al acabar me disponía a salir a comprar el pan, pero de repente todo cambió.

Una fuerte y estridente sirena empezó a sonar de repente por todo el pueblo, y eso solo podía significar una cosa: llegaba el invasor. Todos los jóvenes reclutas de la guerrilla debían dejar todo lo que estaban haciendo e ir al cuartel a armarse y a recibir órdenes de los superiores para defender mejor nuestro pequeño pueblo. 

Salí rápidamente de casa, recorrí las estrechas calles gritando su nombre: «¡Dante!» 

Fui primero a su casa, pero allá no se encontraba, así que solo podía encontrarse al cuartel de la guerrilla. Tardé mucho más de lo que esperaba, porque el cansancio me pudo a mitad de camino, y tuve que recuperar mi aliento un rato, y después fui andando, en vez de corriendo.  

Al llegar todos habían marchado. Tan solo estaban los de más alto rango, dirigiendo des de allí, y Paolo, el mejor amigo de Dante, que justo estaba saliendo. Le interrogué brevemente sobre donde estaba Dante, y me dijo que si lo acompañaba, me llevaría donde se encontraba Dante al frente.  

El camino fue largo y farragoso, como más nos acercábamos, más cerca se sentían los disparos entre los dos bandos, y más nos adentrábamos en el bosque de las montañas.  

Al fin llegamos. Dante estaba tumbado en el suelo, con un agujero en la barriga y todo lleno de sangre. Agonizando. Delante suyo había un soldado invasor que al vernos se asustó y nos disparó. No me dio, pero al girarme vi que Paolo estaba tirado al suelo, con un balazo en la cabeza. Sin pensarlo dos veces cogí su rifle y salí corriendo detrás del agresor de Dante y Paolo.  

Fue una corta persecución por el bosque, yo le disparaba, y él me devolvía los disparos intentando correr, pero ninguno de los dos tuvimos suerte. Al poco rato le di, justo en la columna.  

Me acerqué para ver el rostro de la persona que estaba a punto de matar. El soldado se arrastraba por el suelo con los brazos, y al llegar yo, lo giré y le quité el casco. Era un niño, no tendría más de 12 años, y estaba agonizando. El chico estaba escupiendo sangre, tosiendo y empezaba a convulsionar. En su mirada vi una súplica de misericordia. Apunté con el rifle y le di en la cabeza, un tiro limpio que le quitó su inocente vida de golpe, sin sufrimiento. 

Corrí hasta Dante, que descubrí que aún estaba vivo. Me acerqué a él, y lo besé. 

Y en sus últimos momentos empezó a hablar, casi como si yo no estuviera ahí.  

«Entiérrame, arriba, en el monte, a los pies de una bella flor, y que todos cuando pasen vean la bella flor del guerrillero.» Cada vez su voz era más débil y lejana. Y cuando parecía que ya no estaba, con su último aliento, dijo: «Adiós, bella.» 

Malditas las guerras.  

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