Era una chica de sobresaliente, muy atractiva y, desde luego, era de aquellas personas que siempre conseguían lo que querían. Lo primero que quiso fue un deportivo. Nunca reconoció otra debilidad que no fuera la velocidad y los olores a goma y combustible.

A ella le gusta la gasolina.

Dame más gasolina.

Rara vez escuchaba un «no», y siempre pudo convencer a su interlocutor de cambiarlo por un «sí», porque desprendía un extraño magnetismo que nadie podía explicar.

Podía conseguirlo todo y se empeñó en conseguirlo a él.

No era ni guapo, ni listo; ni rubio, ni moreno, pero para ella era un proyecto apasionante. Lo moldearía hasta hacerlo la persona que siempre quiso ser y a la que nunca se atrevió a aspirar. Se besaron y ahí empezó todo.

Lo principal sería cambiar de automóvil. El coche dice mucho de una persona.

Al comienzo fue despacio: cambió su vestimenta y peinado. Después apretó el acelerador: hizo que dejara de hablarse con su familia y amigos y pasó a trabajar en el concesionario de su padre.

Luego ajustó algunos detalles: móvil nuevo y otra música que escuchar. Ya valía de tanto rock. ¿No sería mejor algo de reggaeton, que se podía bailar? Y tendría que dejar de fumar. Primero escuchó un «no» y luego un «sí». Era lo mejor para él. Cada vez que le apetecía un cigarro buscaba el mechero en uno de sus bolsillos y giraba la rueda para prender la mecha. Uno, dos, tres. No es que a ella le gustara que hiciera eso, pero ya lo cambiaría. Era casi perfecto. Era casi un desgraciado.

Y al final llegaron las peleas y los gritos. ¿Cómo podía ser tan desagradecido, con todo lo que había hecho por él? ¿Por que quería renunciar a la perfección, a ella?

Con tanto reproche ninguno reparó en que el combustible se acababa hasta que el Audi les dejó tirados en medio de la carretera. Por suerte conocían la zona. Era la excusa perfecta para dejar de discutir. Salió del coche, cogió la garrafa del maletero y comenzó a andar. Ahí se quedaba ella, escuchando aquella maldita música.

Como le encanta la gasolina.

Dame más gasolina.

Era de noche, no se oía un ruido y era casi liberador. Dejaba atrás a aquella mujer a la que amaba y odiaba, tal y como había hecho antes con familia, amigos, trabajo… Dios, qué ganas de fumar. Uno, dos, tres. Jugueteó con el zippo hasta que divisó la gasolinera.

A la vuelta quiso sacar el mechero, pero no era demasiado prudente hacerlo con aquella carga. Apretó el paso.

A ella le gusta la gasolina.

Dame más gasolina.

Cómo le molestaba no poder sacarse esa canción de la cabeza. Cómo odiaba el reggaeton.

Para cuando llegó al Audi la música había parado y ella dormía con el asiento reclinado.

Como le encanta la gasolina.

Dale más gasolina.

Vació el contenido de la garrafa sobre el capó. No soportaba ese olor.

Uno, dos, tres.

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