Mientras las ruedas del tren se deslizaban por los raíles, con la facilidad que los años se deslizan por la vida, Lisa, con una belleza serena propia de su madurez, cerraba los ojos y, acunada por el ligero vaivén, agradecía al  destino esta segunda oportunidad y permitía que los recuerdos la envolvieran.

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Se conocieron en la ciudad de Casablanca, en unos difíciles  años. Los dos eran jóvenes y voluntarios de la Cruz Roja Internacional.

Rick, un bohemio fotógrafo,  era ya veterano en la noble tarea de trabajar por un mundo más justo y mejor. Ella, casada con un acaudalado comercial, atravesaba una grave crisis de pareja  y se iniciaba en el voluntariado.

Una flecha de cupido rozó el corazón de ambos y, sin poderlo evitar, se amaron profundamente.

Su marido, en el impás que se habían concedido, descubrió el gran amor y admiración que sentía hacia su esposa y decidió dedicarle más tiempo, delegando parte de su trabajo.

Cuando Lisa conoció la decisión, agradeció esa prueba de amor, pero envuelta en una silenciosa angustia, se debatía ante la duda.

Rick, tras consolarla, le expresó su amor, apasionadamente.  

Fué la última vez que lo vio. A la siguiente semana, cuando ella llegó a su cita, tan solo encontró una breve nota: ¡Disculpa! La carne es débil... Me debo a otra persona, que está esperando en París.

Con esta sensación de engaño, vivió hasta que, hacía poco más de dos meses, le llegó una carta revelándole la verdad.

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Aquel día, Rick, antes de salir a trabajar, decidió conectar la televisión, sin imaginar que, una foto en la pantalla y el comentario del presentador: “El importante comercial francés R.R., afincado en Casablanca,  ha fallecido en un accidente de avión...”,  harían que el café se enfriara y se acelerara  el latir de su corazón.

Dejó pasar un tiempo prudencial antes de confesar a Lisa toda la verdad, a través de una extensa carta, en la que subrayó que la seguía amando y que, en la ciudad de la luz, tan solo estaba unido a sus dos trabajos, los cuales le servían de analgésico para combatir el dolor y la soledad.

Terminada la carta, añadió una posdata con el número del teléfono móvil por si quería ponerse en contacto con él.

“Siempre nos quedará París”, fue el conciso mensaje que recibió pasados unos días.

El siguiente mensaje, de Lisa, le llegó algo más tarde, haciéndole saber que emprendía viaje a Europa.

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Hoy, Rick paseaba por el andén, mirando el reloj con insistencia, como si así pudiera adelantar el momento de estrecharla entre sus brazos.

No hubo palabras, sus cuerpos se unieron en un profundo abrazo, mientras los labios sellaban su amor. Las lágrimas permanecieron ocultas para no romper la magia de aquel ansiado momento. En la mente de ambos una frase se hizo presente: «Lo fundamental adquiere más valor a medida que pasa el tiempo».

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