Sofía tiene la voz de un ángel, y también su aura. Canta su solo y el resto del coro contiene el aliento. Todos los presentes enmudecen. La escuchan con más devoción que a las santas lecturas. Sofía canta y la iglesia se convierte en un lugar sagrado, aunque la canción hable de la tentación que puede quebrar a un rey.

La última nota aún se sostiene en el aire y ella me mira. Sofía tiene la expresión serena de una santa y un brillo maléfico en las pupilas. Sus labios tienen la suavidad de las manzanas prohibidas y al cerrarlos los acaricia con la punta rosada de su lengua.

Como hacen las serpientes.

Sus ojos son miel. Sus pupilas, veneno. Y sin embargo no puedo dejar de mirarlos. Exhalo despacio, alzando mis manos. Los parroquianos apartan la atención de ella con desgana, para volver la vista al altar con carraspeos, miradas poco disimuladas al reloj o movimientos para acomodarse de nuevo en el banco. Sofía ha dejado de hacer magia y el sopor pesa en el aire cuando me miran.

—Podéis ir en paz.

Su contestación es un murmullo ininteligible. En pocos instantes se amontonan en la salida, o alrededor de Sofía, alabando su voz divina. Su don. Ella sonríe, amable, humilde, la imagen misma de una buena beata. Aprovecho que su atención se reparte con los parroquianos para meterme en la sacristía, apoyarme en la mesa de madera antigua y cerrar los ojos.

“Señor, sé que es una prueba. Pero dame fuerzas”.

—¿Padre?

No quiero girarme. Sus pasos se acercan con un taconeo musical y liviano. Cuando está a mi lado puedo oler su perfume. No solo su perfume, puedo oler su aroma: dulce, embriagador y perverso.

—Padre, necesitaba decirle algo.

—Dime, hija mía –respondo girándome.

Es un error y lo sé. Puede que me rinda y me entregue, cuando Sofía se inclina de puntillas para rozar sus labios con los míos. Sabe a manzana, a serpiente, a edén olvidado. Quiero sujetarla de la cintura y entregarme, pero se aparta rápido, como una mariposa dorada revoloteando entre mis dedos.

—Necesitaré practicar más la canción, padre. Tendré que venir cuando no haya misa, no quiero molestar a nadie.

Sonríe. La curva de sus labios arranca latidos rápidos a mi corazón. Suspiro y dejo que se vaya, con pasos ligeros, musicales, de bailarina.

“Señor, dame fuerza. Mucha fuerza ”.


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