—Hace falta leche. —La voz de Miguel llegaba apagada a través de la puerta de la cocina—. ¿Podrías bajar tú?

—Claro, dame un minuto —dijo Luisa.

—Y también huevos —añadió él, asomando solo la cabeza para que no pudiese ver lo que estaba haciendo— Media docena por lo menos.

—Entendido —dijo ella mientras pasaba a su lado. Se dieron un beso rápido y sonrieron.

Su marido llevaba más de dos horas encerrado allí, preparando su cena de aniversario. Quería que ella tuviese un día perfecto, por una vez; que se olvidase del trabajo, de las facturas pendientes, de las pesadillas que últimamente la despertaban en plena noche. Aún no se había atrevido a confesarle el origen de aquellas pesadillas. No sabía si lo haría algún día. «¿Cómo podría seguir queriéndome si lo supiese?» se preguntó por enésima vez, cabizbaja, mientras bajaba en el ascensor.

Pese a que ya era de noche, el aire caliente la envolvió al salir a la calle. En los días como ese todo el mundo procuraba quedarse en casa, cerca del aire acondicionado. Todo el mundo excepto Miguel, claro. Aquella misma mañana había insistido en llevarla al parque, de picnic. Sentados a la sombra de los pinos, bebiendo sangría sin alcohol y escuchando el furioso zumbido de las cigarras, Luisa se había sentido en paz por primera vez en mucho tiempo.

Entró en la única tienda que estaba abierta a esas horas y compró lo que Miguel le había pedido. Se preguntó qué estaría planeando hacer con aquellos ingredientes. «Problablemente, un pastel de chocolate». Sabía que era su preferido. Emprendió el camino de regreso a paso rápido, deseando volver cuanto antes al refrescante refugio de su apartamento.

—No te muevas —dijo una voz.

Luisa se detuvo y miró a su alrededor, sobresaltada. Una mujer salió de las sombras de un portal cercano. Tenía el rostro pálido y demacrado, los ojos enrojecidos… y su mano temblorosa empuñaba una pistola.

—¿Te acuerdas de mí? —dijo la mujer, apuntando con ella al pecho de Luisa.

Esta no podía moverse, paralizada por el terror, pero se las apañó para asentir. Sí, claro. ¿Cómo no iba a acordarse de ella? La veía cada noche, en sus pesadillas, arrodillada en medio de la carretera junto al cuerpo inerte de aquel niño, mientras ella pisaba desesperadamente el acelerador sin conseguir que el coche se moviese ni un ápice.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Quería decirle que lo sentía, que ojalá pudiese volver atrás y cambiar lo que hizo, que merecía lo que estaba a punto de hacerle… En lugar de ello, soltó la bolsa y cayó de rodillas.

—Por favor… —gimió—. Estoy embarazada…

La mujer abrió mucho los ojos. Observó el arma que sostenía como si la viese por primera vez y, lentamente, la bajó. En silencio, con la mirada perdida, dio media vuelta y se marchó calle abajo, dejando a Luisa allí, de rodillas, llorando por primera vez en mucho tiempo..

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