Kirstaa sentía la cabeza embotada. No podía pensar con claridad, aunque reconocía los efectos en su organismo de un potente sedante que empezaba a disiparse. Notó una ligera punzada y, al mirar hacia abajo, pudo apreciar dos suturas recientes y simétricas en su abdomen. Estaba completamente desnuda sobre una de las mesas roboquirúrgicas de la estación espacial. Lo último que recordaba era estar corriendo por el acceso al muelle de carga, pero no conseguía distinguir cuál era la causa de tanta prisa. Poco a poco, los recuerdos se iban abriendo paso en la enmarañada telaraña de su memoria.

—¡Yusuf! —De pronto recordó a su amigo atado e inconsciente en la entrada de los cargueros.

No sabía cuánto tiempo llevaba dormida, pero necesitaba salir de allí y comprobar si aún estaba a tiempo de salvarlo. Rebuscó entre sus pertenencias mientras se vestía con una bata de quirófano que se hallaba tirada junto a sus cosas.

—¿Buscas esto? —Reconoció al instante la voz que sonaba a sus espaldas.

Kustaa balanceaba la tarjeta de acceso sujetándola por la cadenita que la unía a su traje espacial.

Por fin cuadraba todo en la mente de Kirstaa.

—¿Qué me has hecho? —Se llevó una mano al abdomen.

—Todo a su debido tiempo. Aún no ha atracado el carguero Terra2, por lo que tu amigo sigue respirando. —Echó un vistazo a su reloj de pulsera—. Eso sí, no tardará mucho más en llegar.

Kirstaa sintió el impulso de abalanzarse sobre él y quitarle el pase, pero se contuvo al ver el arma que portaba en su otra mano. Entonces la vio. Bajo la mesa dónde había despertado asomaba la culata de una pistola de asalto.

No se lo pensó dos veces. El tiempo corría en su contra. En un rápido movimiento se agachó y cogió el arma. Apuntó y disparó. Algo no terminaba de cuadrarle, había sido demasiado fácil, pero no podía entrenerse. Arrancó el pase del cuerpo sin vida de Kustaa y se dirigió tambaleándose hacia la puerta. Se sentía muy débil.

Al abrir se encontró con Yusuf. Tras intercambiar sendos gestos de sorpresa se besaron. Justo después de despegar sus labios, a Kirstaa se le aflojaron las piernas. Él la sostuvo y la ayudó a recostarse de nuevo en la mesa roboquirúrgica.

—¿Cómo has escapado? —Dijo ella en un hilo de voz.

—Ni siquiera estaba bien atado. En cuanto recuperé la conciencia me liberé sin problemas.

—Me ha hecho algo. —Le mostró las suturas.

—Espera, que lo miro en el historial de intervenciones.

—Estaba obsesionado conmigo. ¿Sabías que había hackeado todas las cámaras de la estación para vigilarme en todo momento?

Yusuf apartó la mirada del terminal circunspecto. Llevaba días preocupado por ella desde que se hizo imposible el continuar practicándole la diálisis, con el agravante de encontrarse a millones de kilómetros del centro médico más cercano.

—Pues su obsesión te ha salvado la vida.

—¿A qué te refieres?

—Te ha trasplantado sus riñones.

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