Temblaban los pasillos de la academia Lynch con un repiqueteo de tacones: Céline regresaba de su último viaje. Entre esas augustas paredes se habían formado infinitos estudiantes de magia, enriqueciendo su leyenda y sus arcas. En manos de la bruja chispeaba aún el poder de saltar a otros universos, tornasolado e inverosímil, y contra el pecho portaba el tesoro solicitado. Siempre había querido ser viajera, la posición más prestigiosa posible, pero el honor le sabía a cenizas entre los labios.

Henry había sido viajero antes que ella. Su hermano había estado especializado en los universos más lejanos y había domado hidras y besado dragones durante sus excursiones. Le esperaba un futuro tan brillante como la aureola de cabello rubio que rodeaba su rostro. Un futuro que nunca llegaría, en ningún mundo. Aún no había concluido la investigación, pero Céline no quería creer lo que empezaba a insinuar. Su hermano no había muerto por accidente… ni provocado uno. Céline dejaba resbalar las palabras ajenas como lágrimas, sin que le afectasen. De nada servía llorar.

El peso de las noches sin dormir le había secado los párpados, noches en las que la vieja escuela resoplaba y crujía, se lamentaba con ella y le auguraba que sería la próxima, que vendrían por ella con sus dedos largos y sus miradas despiadadas. La pequeña guardaba los secretos del diario que había heredado de Henry y se crecía con la rabia y el dolor, más grande que su cuerpo a medio hacer. Él era el bueno de los dos, el que no sabía decir que no. No le había podido proteger. Y, ahora, nada importaba.

Temblaban los pasillos de la academia Lynch bajo los tacones furiosos de Céline, gemían con la energía que acumulaba lentamente. Suficiente como rasgar su mundo en dos. Tan poderosa que siseaba, prendiendo las paredes y a los incautos que se acercaban. Los gritos de los niños no la alcanzaban, asustados, suplicantes. Tenían miedo, como debía ser. No eran culpables pero pagarían también. Céline crepitaba cual fuego desatado, la magia ardía negra por sus venas, rastreaba los universos para encontrar el más mínimo atisbo del hermano que le habían robado. Se hinchaba, dolor y traición se derramaban de sus labios.

No le importaba ser la villana, con tal de que pagaran aquellos que habían engañado y usado a su hermano, los que le habían hecho pasar tanto miedo que las palabras en su diario se retorcían y enmarañaban. Los que se enriquecían a costa de los niños que debían educar y proteger y entrelazaban sus lenguas traicioneras en besos robados y encendidos. Los Lynch, señores de la academia, habían cometido su último error al haber pensado que la pequeña era inofensiva, rota de dolor. El primero había sido tocar a su hermano.

No le importaba ser villana y explotar por su poder desbocado, llevándoselos a todos por delante. Sin Henry, no soportaba su interior espinado. Su historia ya estaba escrita, en el diario; vivirían para siempre. Todo estaba controlado.


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