Abre los ojos y observa la tímida luz que se cuela por la ventana de la habitación del apartamento. A su derecha, el reloj marca las seis. Se levanta y se cubre con el picardías negro de seda antes de ir al cuarto de baño. A pesar de su sigilo, le despierta. Hace tiempo que Carter tiene el sueño demasiado ligero. El Caso Ma Baker ocupa la mayor parte de su tiempo y se ha convertido en un quebradero de cabeza.

Tras varios meses de investigación, aún no han dado con la identidad de la ladrona de bancos más famosa de Chicago que tiene en jaque a toda la jefatura de policía, ya que no han encontrado ni una sola huella en los escenarios donde ha actuado. Solo han sacado en claro por sus conversaciones con los testigos presenciales que es una mujer de raza negra.

—¿Por qué te marchas siempre a la misma hora?

—Soy una mujer de negocios, Carter. Mi agenda es apretada—Sonríe mientras desliza una de sus finas medias de liga hasta el muslo—. ¿Acaso me investigas?

—Sé que ocultas algo, aunque aún no tengo pruebas suficientes.

—¿Y me vas a detener?

Se quita la toalla que envuelve su cuerpo desnudo antes de acercarse para palpar su erección por encima de los pantalones. Carter la aprieta con fuerza contra él y ambos se besan con violencia antes de ajustar cuentas entre las sábanas. Tras calmar su ansia animal ella se viste, se sube a sus tacones de aguja y se marcha con su minúsculo bolso entre las manos. A pesar de que sus inicios fueron mucho más modestos, ha conseguido convertirse en una mujer poderosa.

Dobla la esquina a tres calles más abajo mientras Carter la observa por la ventana antes de hacer una llamada de teléfono, y se sube a un Cadillac negro donde le esperan tres hombres con una maleta.

—¿Y el poli? —le pregunta uno.

—Controlado —responde antes de desabrocharse la blusa y cambiarse de ropa.

Su primer atraco fue en la joyería de su antiguo barrio, en Portland, donde vivía con el canalla de su marido y sus cuatro hijos adolescentes, quienes encubrieron su asesinado antes de fugarse con ella a la otra punta del país y asociarse como banda.

Se dirigen al Banco Central. Aparcan a dos calles de distancia para ver llegar al camión blindado con su próxima fortuna y esperar a que la sucursal abra sus puertas para ser los primeros clientes en entrar. A partir de ese momento, deberán dejarlo todo limpio en menos de quince minutos.

Ma Baker sale del coche sobre sus zapatos de tacón de aguja y su pequeño bolso entre las manos. Una vez en la ventanilla, saca su arma y siembra el terror antes de empezar a disparar.

—¡Que nadie se mueva! ¡El dinero o sus vidas!


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