«Soy incapaz de odiarte madre, lo intento, pero no puedo. Sé que sólo quieres lo mejor para mí, lo entiendo, por eso soporto tus golpes e insultos, no quieres que cometa los mismos errores que tú en el pasado. Pero ¿sabes? Me sofocas, me tienes amarrada a unas cadenas que cada vez aprietas más por miedo a perder el control que ejerces sobre mí. Como el día que te dije que tenia novio, me golpeaste, encerraste y dejaste sin comer por dos semanas, temías que quedara embarazada como tú a los 16, o cuando pusiste mis manos en la lumbre de la estufa porque no querías que pasara mi tiempo dibujando en lugar de entrar a las clases avanzadas de trigonometría en las que me inscribiste para obtener una beca que tú nunca conseguiste, no pude moverlas por un mes no obstante, ni aun con eso puedo odiarte porque sé que no sólo no quieres que cometa los mismos errores que tú sino que también, tuviste a alguien decepcionado de ti así como tu lo estarás de mí al termino de esta carta. Así que no te preocupes madre, esta carta no es para echarte en cara lo que me has hecho, es para hacerte saber que aun así te amo, pero no puedo seguir más tiempo a tu lado pues lo único que deseo es poder ser más como yo y menos como tú, estoy cansada de estar bajo la presión de caminar en tus zapatos y siento que si continuo así me volveré insensible y ya no seré capaz de sentirte, no quiero eso. Me voy lejos, ya lo he arreglado.

Atte. Amelia». 

La madre termino de leer la carta, la puso en su regazo y quedó mirando a la nada. Tal como lo describía su hija, su propia madre había estado decepcionada de ella por sus acciones por eso es que no quería que su hija cometiera los mismos errores. Dejó la carta sobre la mesita, fue al armario y sacó el látigo con la que la golpeaba cada mañana, tomó la caja bajo la cama con las esposas y vendas con las que la amarraba llevándoselas a la sala de estar donde su esposo la esperaba fumando un cigarrillo.

—¿Has terminado ya?

—No, aún faltan las cosas del ático, —suspiró la madre— es extraño, siento remordimiento y paz a la vez.

—No pienses en eso —murmuró su esposo besándola con ternura, correspondiendo ésta a sus labios—. No fue tu culpa, sólo no querías que fuera como tú.

—Ya, pero aun así termino siendo como yo, huyo como cobarde de casa. Ahora su vida será un desastre y cuando tenga hijos les hará lo mismo que yo —la esposa lo miró —. ¿Por qué nunca me detuviste?

El esposo esbozó una sonrisa

—Porque si no hubieras sido tú, yo lo habría hecho. Tampoco tuve un padre orgulloso de mí. 

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