Por fin había sido elegido Presidente de la Federación Terrestre, su felicidad era absoluta. Los camareros se movían entre la multitud que le acompañaba en su celebración: las autoridades, sus amigos, sus seres queridos,… Y entre ellos brillaba su adorada hija Emily, que en ese momento se besaba con Lobo, su prometido.

Un niño perdido en el submundo de la sociedad, que no debería haber sobrevivido pero que se había negado a morir. Un pequeño con la piel y el iris del color de la escarcha, al que cualquier roce le causaba un dolor insoportable.

Lobo era el mejor soldado del programa que Anthony había desarrollado y que había llevado a la Federación a la victoria en Centaurii y a él hasta la presidencia, pero le había costado aceptar su relación por el posible carácter inestable del muchacho. ¡Qué equivocado estaba! Lobo había resultado ser un ciudadano sobresaliente. Ahora sus dos mejores obras relucían juntas para llenarle de orgullo. Mientras se acercaba a la pareja, Anthony saludó al Doctor Himmel, cuyo talento le había catapultado hasta la cima.

Los golpes, abusos y vejaciones recubrieron su delicada piel transformándole en alguien que haría todo lo necesario para sobrevivir. Todo. La nieve de sus ojos se había convertido en hielo al contemplar las escenas más brutales. Hasta que un día alguien se fijó en él: conocían su don, le ayudarían a desarrollarlo y salvaría la Tierra. Haría algo bueno,por una vez dejaría de sentirse miserable. Maldito Himmel y sus mentiras.

Lobo miraba su copa fijamente. Por mucho que le conociera, aún le costaba interpretar su pálida mirada.

—¿Va todo bien? —preguntó Anthony.

Emily corrió a abrazarle.

—Papá, todo el mundo habla de otra guerra. Se equivocan, ¿verdad?

Con el mineral extraído en Centaurii y el ejército imparable que había desarrollado, la Federación no se detendría.

—La guerra es inevitable, querida, pero Lobo no volverá a ser movilizado. De algo tiene que servir ser el presidente.

Junto con otros niños olvidados fue sometido a pruebas y tratamientos que le acercaron al precipicio de la locura. Los que sobrevivieron fueron enviados a un planeta asesino para ganar una guerra perdida.

Lobo clavó la mirada en Anthony.

—Claro que puede evitarse.

Obedeciendo su orden invisible, los camareros tiraron la bandejas y mostraron sus armas. Anthony reconoció en ellos la expresión perdida que veía en cada desfile desde la victoria: eran los soldados de su programa.

De todos los pobres desgraciados convertidos en soldados invencibles, solo él podía manipular cualquier mente. Se coló en las cabezas trastornadas de sus compañeros para mantener su ánimo. Penetró en la consciencia de la bestias de aquel planeta para hacerlas vulnerables. Ganó la guerra para unos desconocidos.

—Puedo controlar a cualquiera —para probarlo miró a Emiliy, que apuntó a su padre con una pistola— y no permitiré que sigan utilizándonos.

—No entiendo nada. —Anthony miraba atónito a su hija—. Hablemos, podemos darte todo lo que quieras.

—Solo hay una cosa que quiero de ustedes, cerdos: verles morir.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.