Phoenix miró a su alrededor. El paisaje no podía ser más desolador. Una capa de ceniza cubría las ruinas de lo que hasta hace un momento había sido la última ciudad habitada del planeta. ¿Quedaría alguien con vida? Negó con la cabeza para sí misma y rompió a llorar de impotencia. René había perdido el control y ella lo había permitido.

Notó movimiento a su espalda, pero no se molestó en volverse. Sabía quién era.

—¿Ésto es lo que querías? —le preguntó sin mirarle, todavía entre lágrimas.

René empezó a reírse, aunque su risa sonaba triste.

—¿Acaso nos merecíamos algo distinto?, el ser humano iba a acabar así de todos modos.

Phoenix se giró para pegarle una bofetada que no le pilló de improvisto. Ella era muy visceral.

—¡Tu no eres nadie para decidir eso! —le gritó enfadada y gastó las pocas fuerzas que le quedaban en golpearle.

Él se dejó pegar. Después la abrazó, y cuando estuvo más tranquila, miró sus ojos y le acarició la cara.

—Vamos a empezar de nuevo —le susurró.

Phoenix se separó de él y lo miró de arriba a abajo con lástima. Llevaban toda la vida juntos, habían compartido tantas cosas... En el fondo sabía que tenía razón: el mundo se había ido a la mierda hacía mucho y no tenía arreglo.

René se obsesionó en encontrar una forma acabar con todo. Solía llamarlo “El golpe de gracia”. Desde entonces Phoenix había dedicado todo su tiempo y esfuerzo en intentar evitarlo.

Él lo tenía todo planeado, había creado una fórmula radiactiva que solo acababa con los seres humanos, sólo le faltaba propagarla. Ella coartaba todos sus intentos. Pero un fallo, un pequeño despiste, habían permitido que René realizara su ataque y desatara el caos en el mundo.

Poco a poco, imperceptible y letal, en forma de inofensiva lluvia, su veneno había exterminado casi toda la raza humana. Aterrorizados, los pocos supervivientes se habían agrupado en las ciudades. A partir de ahí fue fácil.

Ahora sólo quedaban ellos, René se había encargado de inyectarles el compuesto que los hacía inmunes a la radiación.

—¡Estás loco! —le gritó, pues el silencio la ahogaba— Los has matado a todos. No queda nadie.

René la miró a los ojos.

—Seguimos juntos, y yo aun te quiero.

Ella se sentía culpable por haberle dejado caer en la locura. Por no ser más tenaz. El mundo se había acabado y ella lo había consentido. Y lo peor es que aunque sabía que tenía delante a un monstruo, ella también le amaba con toda su alma.

Se acercó a René y le abrazó mientras le acariciaba el pelo como a un cachorro.

—Yo también te quiero —le dijo ella buscando sus labios.

Se fundieron en un beso que duró siglos. Un remanso de paz en medio de la locura.

Ya nada les haría daño, nada les separaría. Era necesario, volverían a empezar.

De repente el cielo se despejó dando paso a sol radiante. Un presagio que les daba la bienvenida a la nueva era.

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