¡Qué bonito! ¡El primer vals de casados! Es con los móviles haciendo fotos a la pareja, cuando todos vemos a mi sobrina desgajándole un mordisco en la yugular a su flamante esposo. Gritos de horror llenan la sala. Caigo de culo y mi lógica reacción es correr como una posesa hacia las escaleras que dan al garaje, pero arriba las puertas están cerradas, no entiendo estos protocolos de seguridad, como no sea que... alguien nos quiere encerrados. ¿Somos un experimento?

Veo una puerta escondida en el rellano, con escobas y cubos. No sé cómo, en este cuartucho obscuro encuentro un revolver de ocho balas. Está en mis manos. Abro y cierro el cargador para comprobar que están todas las balas. Súbitamente oigo los lamentos del abuelo a pocos pasos de mí, tirado contra la pared y con las piernas pegadas a su pecho.

—Abuelo, relájate, si vamos a morir, no importa que estés en tensión.

—Lo sé hija, ya lo decía mi padre, al mal tiempo, buena cara.

Me imagino que sonríe, lo conozco. Estamos casi a ciegas, nos entra muy poca luz por una rendija, un respiradero. Ya tengo la vista hecha a la obscuridad, a estas alturas. No sé qué es lo que él ve.

Nos llega la música enlatada del piso inferior, por el hueco de las escaleras que he subido hace un rato. El soso de mi cuñado no quiso pagarle una orquestina a la niña... mi niña. ¿Por dónde andará ahora? Es mala suerte también, en el día de su boda, la pobre.

Aparte de la música y algún quejido sordo, no se oye nada más, con un poco de suerte, pronto se habrán ido todos. Esperaré que sea de noche, no tardará.

—Abuelo ¿tienes hambre?

—Comer sin apetito, hace daño y es delito, pero aquí paz y allí gloria, que mientras ande yo caliente, ríase la gente. Ya lo decía mi padre, para vivir; comer y dormir.

—No sé yo si dormiremos mucho, abuelo, ni hoy ni nunca más.

Un grito infernal y unos sollozos que reconozco, es Araceli la prima pija del novio, preceden al final de la música con un estruendo apagado. Ahora el silencio musical aún lo hace peor todo. Oigo los quejidos de la niña pija, apagándose por momentos. Pasos arrastrados se mueven por la pista de madera donde hemos aplaudido el primer vals. El abuelo se mueve inquieto y le oigo jadear, tenso el dedo del gatillo y le apunto a la cabeza. Las manos me tiemblan sudorosas.

—Hija, ya tengo una edad —jadea el hombre—, a buenas ho...ras man...gas ver...des...

No oigo más su voz, se levanta de golpe, ágil. Aprieto el gatillo y el ensordecedor estallido de la bala saliendo hacia su cráneo no me permite escuchar el pomo de la puerta cediendo. Me orino.

Alguien entra, vacío medio cargador, cae fuera. Solo quedan dos balas. Una para mí, pienso. La puerta está abierta, entre sombras oigo pasos acercarse, lentos, arrastrados y constantes...


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