La novia permanece acurrucada en lo más profundo del armario vestidor, está a oscuras y en completo silencio. De los desgarradores gritos que se escuchaban en la sala contigua, ahora solo puede distinguir un suave gemido agónico. Pronto se apagará, como ha sucedido con los otros, y pese a que parezca horrible, eso tranquilizará sus crispados nervios.

No sabe dónde está el novio, pero presiente que sigue vivo. No puede decir lo mismo de la mayoría de los invitados: ha visto con sus propios ojos cómo morían. No ha podido evitarlo, como tampoco puede ahora dejar de sollozar.

—Ay Sarita, quien bien te quiere te hará llorar —escucha de repente. La voz surge de algún lugar a su espalda, tiene un tono burlón, casi obsceno. Pero lejos de asustarla, su cadencia familiar la reconforta.

—Cállate —le reprocha. La voz suelta una risilla ronca.

El chirrido de la puerta de la habitación la saca de sus pensamientos. Se queda quieta y contiene la respiración. Alguien acaba de entrar.

—¿Sara? —la llama el recién llegado— ¿Estás aquí?— El susurro tembloroso de Pablo, su marido, le demuestra que estaba en lo cierto. Le encantaría tenerlo a su lado, abrazarle y sentir su calor. Debería ir con él, pero no se atreve a moverse. No tiene claro si puede salir ya de su escondite.

—Baila y bebe que la vida es breve —escucha canturrear a la voz. Eso la anima a levantarse. Lo hace despacio, sin hacer ruido. Se asoma por una rendija del armario y ve a Pablo. Se asegura de que esté solo, abre la puerta con decisión y se expone.

Pablo se gira y al descubrir que es su esposa, se le ilumina la cara.

—¡Sabía que estabas viva! —grita alegre. Pero pronto la felicidad se torna en duda.

Sara lo observa muy seria. Dos surcos de maquillaje negros recorren sus mejillas, su delicado vestido de raso blanco está empapado de sangre, en su mano derecha sostiene la espada con la que han cortado la tarta. Pero lo inquietante no está en ella, si no detrás: Una oscuridad tan desoladora como la muerte se arremolina a su espalda. La novia no está sola. Nunca lo ha estado.

—Cariño, ¿qué pasa? —pregunta el novio intentando disimular el pánico. 

Sara no contesta, solo se acerca 

—Amor mío.— Empieza a lloriquear. La tiene casi encima —. Por Dios, Sara, yo te quiero. —Retrocede desesperado y tropieza cayendo al suelo.

—Buen amor y buena muerte, no hay mejor suerte —dice la voz. Ahora su tono es gutural y malvado. Suena tan antiguo como la propia tierra.

Sara se pone en cuclillas y mira a Pablo con curiosidad ladeando la cabeza. Le sonríe, alza la espada y, sin vacilar, se la clava en el estómago. Después lo abraza con ternura hasta que expira en sus brazos. Cuando el cuerpo de su marido se queda frío, se levanta, alisa su vestido y sale de la habitación en busca de otros invitados.

Acomodado en su espalda, el oscuro demonio todavía está hambriento.

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