El cocinero real sonrió con regocijo.

-Ahhh… a todo cerdo le llega su San Martín…

Con un rápido movimiento de muñeca, clavó su cuchillo jamonero en el montón de carne inerte que colgaba del techo. La sangre manó, desbordada, fluyendo a borbotones para derramarse sobre una lebrilla colocada para tal fin. Ni una gota salpicó fuera. No podía permitirse ese lujo; aquel preciado líquido habría de usarse para elaborar todo tipo de morcillas.

-… y quien nace lechón, ¡muere gorrino!

El cocinero volvió a atestar una salvaje puñalada, esta vez con más fuerza de lo que hubiera sido necesaria. Rasgó la piel de arriba abajo, abriéndo el cuerpo en canal y descubriendo las viscosas entrañas que tendrían que extraerse a mano. Por un lado el hígado, por otro los riñones. Las tripas irían aparte, pues tendrían que ser lavadas a conciencia antes de poder usarse para embutidos. El último paso: el despiece.

Resopló, agotado. La parte más dura del trabajo ya estaba hecha. Ahora tocaba esperar.

Y esperó. Había tiempo.

Después de un asedio que había durado meses, después de todas las penurias, hambrunas y enfermedades, el pueblo necesitaba un motivo para volver a sonreir. Y aquella boda real, a la que todos habían sido invitados, parecía la ocasión perfecta para ello. Para olvidar el maltrato sufrido a manos del enemigo y celebrar así la victoria.

Es por ello que la labor del cocinero, encomendada por el mismísimo rey, era tan importante. Debía dar de comer a todo un pueblo que, esquilmado y agotado, era incapaz de hacer crecer una sola espiga de trigo en sus campos, ni de criar una mísera gallina en sus corrales. Pero el cocinero, alentado ante tamaño reto, aceptó.

-A grandes males, grandes remedios.

Días más tarde la cocina bullía. La última semana había sido intensa, de mucho trabajo y poco descanso, pero al fin el sanguinario chef pudo contemplar encantado su obra. A punto de servirse, ante él se horneaban más de ciento cincuenta pasteles rellenos y se cocían lentamente alrededor de veinte guisos preparados en sendas cacerolas de cobre. Aquel aroma era único, maravilloso. El olor de la grasa fundiéndose lentamente, el de la piel dorándose al calor de la leña, el del sabroso lomo macerándose en especias.

El olor, en definitiva, de la carne de los soldados enemigos que, lejos de pudrirse en el campo de batalla, habían sidos aprovechados hasta el último bocado, terminando en los estómagos de los pobres infelices a los que durante tanto tiempo atormentaron.


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