Nos adentramos en el bosque después de discutir si debíamos hacerlo o no. Habíamos visto una figura blanca, a lo lejos, y nos pudo esa curiosidad imprudente y peligrosa que tendríamos que saber acallar de vez en cuando. Corrimos entre los matojos y llegamos a un claro donde se reunían decenas de figuras encapuchadas, sentadas en bancos de madera decorados con hiedra roja.

La bruma, de un espesor palpable, se abalanzaba sobre la escena confundiéndonos a los presentes y dotándola de un fulgor borroso. La figura blanca, prácticamente espectral, se acercaba a paso paciente dejando atrás los árboles que desaparecían en la noche, y dejándonos ver un vestido de novia amarillento y lleno de barro en su parte inferior. No había luz, sólo el reflejo de la luna sobre el estanque, intentando atravesar la niebla.

- ¿Qué hacemos aquí? - pregunté susurrando.

- Tener miedo es de prudentes, saberlo vencer, es de valientes - dijo mi pareja, mirándome a los ojos con convicción.

Acto seguido, me cogió del brazo, y nos acercamos un poco más.

- La curiosidad mató al gato, ¿sabes? - repliqué, de mal humor. Él hizo un gesto con la mano para que me callara.

La novia había llegado al altar. Se reunió con su amado, que llevaba una máscara con una sonrisa sardónica que me heló por dentro. Los asistentes, vestidos con hábito, agachaban la cabeza y entonaban un canto grave incomprensible que resonaba y nos envolvía, como advirtiéndonos que no debíamos estar allí.

Apareció el padre que oficiaba la ceremonia, jorobado y con la capucha holgada, que impedía verle la cara, y se dirigió a los presentes con una voz gutural a la par que chirriante.

- ¡Vámonos, leche! - le espeté, conteniéndome para no gritar.

- A su tiempo maduran las brevas - respondió, testarudo.

Sin embargo, inmediatamente después, el novió le alzó el velo a la novia para besarla, y los invitados se levantaron y empezaron a chillar y a reír de un modo que no parecía de este mundo.

Aquello fue demasiado para mí. Le lancé una mirada suplicante a mi pareja, y pude ver en su cara que se le habían acabado las ganas de husmear en asuntos ajenos.

- ¡A corazón medroso, pies ligeros! - dijo, cogiéndome de la mano.

Echamos a correr sin soltarnos, lo cual fue un error, porque al tropezar él y caerse de bruces, yo fui detrás a continuación. Aquellos seres diabólicos se callaron de repente y empezaron a buscar el origen de los ruidos.

No tardarían mucho en encontrarnos. Sabiéndonos perdidos, nos abrazamos.

- Hasta el infinito y más allá, ¿me oyes? - me dijo con su último aliento de esperanza.

Asentí con fuerza, si íbamos a morir, lo haríamos juntos.

Inmediatamente después, aparecieron multitud de aquellos espectros, dispuestos a capturarnos, hasta que:

- ¡Humanos! ¡Son humanos! ¡Aaaah!

Los monstruos salieron despedidos hacia infinitas direcciones, asustados al ver interrumpida la boda y sus vidas tranquilas por la irrupción de su mayor némesis, el ser humano.

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