La boda había sido un autentico dolor de cabeza. Tantas semanas de preparación, el catering, los invitados... Por suerte, eso ya había pasado. Ahora solo tocaba relajarse y bailar. 

Norman solo quería descansar. Ahí estaba Miles. Miranda había puesto pegas cuando él había insistido en invitar a su tío neurótico. 

Tomó asiento al lado del hombre de cabello canoso que en este momento temblaba y observaba a Miles con ojos como platos. La gente siempre decía que era peligroso, pero no era verdad. Miles era un buen hombre.

-¿Menudo día de locos, eh tío?

Miles no respondió.

-De verdad que creí que no iba a aguantar hasta el final. Es cierto que ha habido algunos contratiempos, como que Jane, la hermana de Miranda le ha dado por romper el centro de mesa. Pero supongo que podremos pagarlo, mírala, parece que ahora se ha calmado un poco.

Silencio.

-¿Y los niños? Hace rato que no los oigo. Espero que no estén haciendo travesuras. Esos pequeños monstruos... Ahora son mi familia también, sabes. Tendré que asegurarme de que a Miranda no le dé por tener hijos.

Nada

-Mírala, está tan guapa... Ojala la pudiese conservar así para siempre.

-En... ci-cien años... to...todos calvos.

-Tú y tu retorcido sentido del humor. Luego tienes que pasarte para hablar con Miranda. ¿Te puedes creer no quería invitarte? Tiene miedo de tu... enfermedad. Le asustaba que pudiese ocurrir algo malo. Tonterías.

-A palabras... necias... oídos... oídos sordos.

-¡Eso mismo digo yo! Vaya, pero seré maleducado voy a traerte algo de beber.


Miles sintió como el tic de su cara volvía. Los médicos le dijeron que con la nueva medicación esto no tendría que ocurrir. La luz le molestaba, el olor era insoportable y de repente volvía a escuchar las voces. Esas voces le habían salvado la vida cuando fue soldado, antes de que su enfermedad se manifestara. Eran sus instintos mas primarios de supervivencia. Algo iba mal.

Intentó levantarse y se calló de cara al suelo. Se limpió la cara con la manga. Estaba llena de sangre. Sus manos estaban llenas de sangre. El silencio... De repente se vio rodeado de cadáveres, justo como aquella noche en Iraq. Corrió a través de la sala, tirando sillas al suelo. Volvió a resbalar y se llevó el mantel junto con todos los platos.

-¡Tío! Por el amor de Dios. ¿Estás bien?

El hombre le amenazó con un cuchillo de la mesa, con la mano aún temblando. Los cadáveres, el sabor de la sangre... Otra vez no.

-Cálmate Miles, nadie quiere hacerte daño. Estás en mi boda. ¿Recuerdas?

Mirada nerviosa alrededor. Silencio.

-Deja ese cuchillo o acabaras haciéndote daño.

-Mas vale... prevenir... que... curar.

-¡Mierda, tío! ¡Tenías que estropear esto también! Puede que Miranda tuviese razón. Primero Jane con el centro de mesa, luego los niños con que querían jugar a pelota. Incluso mi mujer ha empezado a gritarme ¡Con lo bien que están todos callados!

En ese momento Miles se dio cuenta que lo que veía no era un eco de su pasado, sino la terrible realidad. Su sobrino también había sucumbido a la psicosis tras tantísima presión.


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