No quería que le tocara pero en el fondo le gusta, algún día le gustará. El que algo quiere, algo le cuesta. Y las voces me dicen que me acerque. Tiemblo y mi mano sudorosa le toca la cabeza. ¡Sssst! No tengas miedo, no hagas ruido. Tiemblo y trago saliva. Acércate a mí. Tiemblo y me acelero. Criatura de Dios, belleza delicada en la Tierra, flor de la vida. No se lo digas a nadie, es por tu bien. ¿Por qué lloras? ¿Acaso te he hecho daño? ¿Te he pegado? Te tapo la boca para que nadie nos oiga. Es entre tú y yo. Desnudos estamos mejor. Ya lo hago yo. Me tocas, te toco. ¿Qué dices? No, ahora no, aprovecha que esta es la ocasión, ¿quién sabe luego?, ¡ya estoy mayor! Los jóvenes no sabéis nada; yo te digo qué tienes que hacer. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Tu mano aquí, la mía... ¿Fría, dices? Manos frías, corazón caliente. ¿Ves? No llores, esto es bueno. Mírame a mí. Disfruto viéndote disfrutar. No quiero que llores. ¡No llores! ¿Esto sí te ha dolido? Más me duele a mí.

¿Quién te quiere más que yo? Quien bien te quiere te hará llorar. Es palabra de Dios, hijo mío. Porque te he cuidado como a un hijo. Te lo he dado todo y no tienes derecho a llorar, desagradecido. ¿Tu madre? Una puta. ¿Tu padre? Un borracho. Déjame verla. ¡Qué hermosa! Así, tranquilo, jovencito. Dios aprieta, pero no ahoga. Te tengo que tapar la boca, que ya llegan. Si te duele, aguántate. Ya llegan. Vístete. Ahí están.

Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero.





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