La vendetta entre los Lupinni y los Gattanni se remontaba en el pasado hasta el reino de Nápoles. Ya nadie recordaba el porqué del inicio, pero los años se habían encargado de encarnizarla. Por último, ambos clanes lucharon con tanta saña que en una noche maldita -decían que hasta los muertos pelearon- se habían exterminado. De ese Armageddon de fuego y sangre solo había sobrevivido una beba de pocos meses, que las monjas se encargaron de criar.

Al llegar a la mayoría de edad la niña heredó la hacienda de sus antepasados Gattanni. Con inteligencia y tesón la hizo prosperar. Pero aunque como huérfana la compasión de la gente la había acompañado, como rica heredera no se salvó de que la historia de su estirpe la condenara. Estaba estigmatizada. Ya a punto de cumplir los treinta años y a pesar de su fortuna, continuaba aislada.

Las ruedas de la justicia muelen despacio y para esa época el estado decidió parcelar las tierras de los Luppinni de las que se había hecho cargo. Roma avisó de que enviarían a un agrimensor. Pasó el tiempo y un día llegó un atractivo joven al que las muchachas del pueblo enseguida acecharon:

─... como moscas a la miel─comentó el párroco.

Pero él, indiferente, se dedicó a trabajar en los campos Lupinni sin prestar atención a los reclamos.

 Al cura sin embargo, no le resultó extraño que después de casi un año, Benita Gattanni le anunciara que había decidido desposar al joven extraño.

─Más vale pájaro en mano... ─le comentó al sacristán

─¡No es tonto el muchacho! ─respondió éste.

La noche de la boda la iglesia estaba repleta y la atmósfera hervía de malignos cuchicheos.

─Si la envidia fuera tiña... ─susurró el párroco.

─... esta boda sería muy negra.

Sonó la campana, tocó el pianoforte y entró la novia. El chismorreo atronó. Hasta el cura pudo reconocer su estado.

─A buen entendedor...

─... sobran palabras ─completó el sacristán

El hermoso novio la conducía. Cuando casi llegaban al altar, la novia se detuvo de golpe. Pegó un grito desgarrado y se alzó la falda. Un torrente de sangre corría entre sus piernas.

Se oyó: ¡Plash! Y el novio sonrió con un gesto tan extraño como aquello que se retorcía entre los negros coágulos derramados.

No volvieron a verle la cara. Desapareció mientras la oscura criatura reptaba velozmente hasta el pecho de su madre y le clavaba su único diente largo duro y fino como un estilete.

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