El vestido es negro y la novia tiembla. Mi prima está tan rara con ese vestido y ese maquillaje tan solemne que no parece la niña con la que jugaba a perseguirnos en la calle. Ni esta la boda que ella soñaba. Pienso que ninguna novia debería vestir de negro. Y también creo que ningún novio debería tener esa sonrisa, de anticipación, de hambre. Pero es ella, y no yo, a la que ha elegido. No debería sentir alivio pero lo siento. Alivio y asco.

Aprieto la mano de mi abuela cuando dirige su vista hacia nosotros. El sudor está pegajoso y frío en mi nuca. El novio tiene un brillo voraz en esos ojos tan claros.

Mi abuela es la única que no se estremece cuando nos mira.

—Soy consciente de los rumores que se levantan tras la trágica muerte de mis anteriores esposas –habla con soltura, pero su voz tiene un matiz burlón que me hace apretar los dientes.

—Cuando el río suena, agua lleva –masculla mi abuela y chisto muy bajo.

No quiero que ese hombre se fije en nosotras. No quiero que me mire. Ni quiero encontrarme con la súplica de socorro en los ojos de mi prima.

—Pero el amor que nos une a mí a Catalina es puro, es verdadero, es amor auténtico.

—Tanto quería el diablo a sus hijas que les sacó los ojos.

—¡Abuela! –siseo. El novio clava sus ojos en nosotras. Me encojo, tratando de hacerme invisible, pero mi abuela se mantiene firme y le devuelve la mirada.

—¿Quiere decir algo, señora?

Quiero taparle la boca con mis manos porque sé que no se va a contener. Mi prima está más pálida que nunca, su piel parece blanca y sin vida, con ese vestido tan negro.

—Más vale una mala boda que un buen entierro –responde, con tanta ironía en cada palabra que la frase se tuerce hacia el suelo, como una rama sobre la que se acumula el peso de la nieve.

El novio sonríe. Tiene algo magnético. Tiene algo repulsivo. Tiene algo venenoso en el brillo de sus labios. Quiero gritarle a mi prima. Quiero alzarme, cogerla de la mano y salir corriendo. Mi abuela lo haría, si sus más de ochenta años no le pesaran como losas, y si la artritis no le mordiese con rabia cada articulación.

Pero yo no soy mi abuela. Yo soy más cobarde. Mi prima me mira. Parece una muñeca de papel que tiembla al intentar hacerle frente al viento. Sus ojos gritan, sus labios callan. Hay una súplica que no quiero ver. No soy yo. La ha elegido a ella. El alivio se parece a la sensación cálida y vergonzosa de dejar escapar la orina.

Mi prima me sigue mirando mientras él le pone la alianza con la que la arrastrará a la tumba. Ahora o nunca. Soy su última esperanza.

Bajo la vista a la suciedad del suelo y no hago nada por salvarla.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.