En la entrada de la iglesia está el joven esperando que su futura esposa llegue, no aparece hace horas. La espera se alarga tanto que  el sol desciende en el horizonte.

Las habladurías intentan esconderse bajo el ruido de las campanas, la gente se ríe entre dientes del hombre que aún espera.  

Sobre el ambiente se respiran espesas masas de malas intenciones, masas que bailan en el eco de la cúpula, que preguntan ¿cómo? ¿por qué? ¿dónde? refiriéndose a la tardanza de la novia, a una hipotética huida, a una inesperada traición.

Aquel personaje nota las burlas y su corazón enamorado se transforma. “Del amor al odio hay un paso” dice el cura al aire mientras sus ojos blancos miran el techo. 

Guiado por la rabia hacia aquellos que osan burlase de él, el joven decide ir sobre ellos pero en ese instante escucha los pasos de su novia caminado por el pasillo, él se detiene. El  vestido blanco  de la joven está empapado por la lluvia que cae esta noche. Hipnotizada camina algo lánguida hasta el altar.

“Novia mojada, novia afortunada” ora el cura sin dejar de mirar hacia arriba, quizás buscando las pupilas que no recupera desde que la luna nueva apareció, aun así sonríe y aplaude mientras el joven alcanza a la chica en el altar para tomarla en brazos y acostarla sobre el mesón, ella se entrega porque su voluntad ha sido absorbida por energías tan oscuras que sólo en este templo tienen hogar.

Lástima, porque parte de ella se ha ido y terminará de irse esta noche.

Anuncia el cura cada vez más poseído “boda y mortaja, del cielo bajan” acompañado por una risa estridente.

El público se pone de pie y rodea a la pareja, entonan rezos enredados que jamás deben ser pronunciados por mortales, ni por su voz ni por su mente: 

"Hoc non est omnino carmine cantatum est, modo est materia huius operis historia. 

Videamus, si possumus appropinquare quod genus horror

et si Latine legitur, non utique dare veniam pro usura a interpres."

El joven conoce los siguientes pasos, un último beso en las mejillas de su compañera para después sacar del bolsillo una cuchilla con la cual corta la parte superior del vestido dejando entrever los senos del sacrificio, continua introduciendo la daga hasta tocar corazón que aun late, mantiene su camino hasta atravesarlo y despojarlo con sus manos de su antigua dueña quien aún consciente siente su sangre tibia sobre su cuerpo helado, escucha la dicha de quienes miran hambrientos el escenario, siente el dolor del alma que se separa poco a poco para ya no luchar por su vida,  el hombre entrega el corazón al cura quien su cuerpo en sombra se transforma y de la frente surgen  un par de cuernos y también un par de grandes colmillos en su boca. Éste exige cada mes un corazón puro de doncella a cambio de la inmortalidad de cada hombre que sacrifica a sus parejas.



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