Annika trepó a una tumba para ver mejor. Ser la más pequeña era un rollo. Nadie le prestaba atención ni le contaba nada. El aquelarre solo se reunía al completo para las ocasiones especiales y siempre en lugares apartados. Vivir juntos era demasiado peligroso, aumentaba las probabilidades de que les descubrieran los humanos.

Todos, incluidos los novios, vestían ropas oscuras para camuflarse mejor con la oscuridad. Formaban un círculo dentro del cual estaban los futuros recién casados y el miembro más viejo del aquelarre, de quién debían obtener el consentimiento. La arrugada abuela Baba Yaga, una bruja muy poderosa en su tiempo pero a la que la magia había vuelto algo loca. Hablaba de forma extraña que los demás tenían que interpretar.

—El mundo es un tira y afloja, y para que unos rían, otros lloran—dijo la abuela muy seria. El novio puso un gesto de pánico tan cómico que a Annika casi se le escapó la risa aunque no entendiera nada—. Amor grande, vence mil dificultades.

Un suspiro colectivo acompañó a esa segunda frase, más similar a una aprobación que la primera.

—¿Podemos darnos ya los regalos, abuela? —preguntó la novia sacando una varita.

No esperó respuesta. De la punta de su varita surgió una nube de humo verde que hizo que los ojos de Annika se abrieran como platos. El humo desapareció rápido, revelando un enorme caldero con acabados cromados y sistema de autolimpieza incorporado. Su prometido, conocido por su habilidad con las pociones, corrió a examinarlo con ojos brillantes de emoción. Sus padrinos salieron fuera del círculo. Desde su posición privilegiada Annika vio que cogían un fardo, con piernas, brazos y bolsa de arpillera por cabeza, de detrás de una tumba.

El novio se incorporó y retiró la bolsa, descubriendo los rasgos del joven prisionero, inmovilizado con magia. Labios finos, ojos claros y cabello negro. Entre él y sus padrinos sujetaron al chico y le obligaron a tomar una poción roja y humeante que habían preparado antes.

Empezó a salirle humo de la nariz, las orejas y la boca. Se retorció y se le quebró la voz en mitad de un grito. Le creció pelo negro por todas partes y su cuerpo se encogió hasta convertirse en el de un gato. Con sus cuatro patas, bigotes y una larga cola erizada.

Orgulloso porque la transformación tuviera éxito, el novio señaló a su ahora mujer.

—Disfrútalo querida —dijo y el gato negro corrió obediente a los brazos de su nueva dueña—. Ahora debes ponerle nombre.

—Le llamaré… Salem —decidió la novia acariciando su .

—Al asno, el palo, y a la mujer, el regalo —comentó de repente la abuela en voz baja.

Extrañados, los novios se volvieron hacia ella porque les pareció que había dicho algo. Ella les dedicó una sonrisa casi desdentada y luego habló de forma más clara:

—Baila y bebe, que la vida es breve.

Y eso fue lo que hicieron. El aquelarre, con Salem incluido, empezó la celebración.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Ei, soy la persona que te ha comentado lo de que pensaba que era comico, y si, es lo que queria decir...


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