Anora llora, como la madre orgullosa que ve a su hija feliz y enamorada en el día de su boda. Tantos meses de nervios y preparativos han merecido la pena. Cassandra luce como una princesa con su vestido de novia, mientras baila el vals junto a su marido en el centro del salón. No puede contener la emoción.

—No me llores más, mujer.

Paco, su consuegro, se acerca a ella ante la ausencia de su mujer, con esa forma tan casposa que le caracteriza. Ella le mira con desprecio y le espeta:

—Cree el ladrón que todos son de su condición.

—No tengas tanto genio conmigo. No olvides que gracias a mi has conseguido que la interesada de tu hija se case con el imbécil de mi hijo. Que están enamorados, dice… —Se ríe—. Infeliz. No es digno de llevar mi apellido, el muy idiota.

Anora le mira de reojo, incapaz de reprimir una mueca de asco.

—No es más limpio el que más limpia, si no el que menos ensucia.

—Deberías tenerme en más estima ahora que somos familia, ¿no crees? —responde en un susurro. Sus labios rozan el lóbulo de la oreja de la mujer, que cierra los ojos y traga saliva.

—A la chita callando, hay quien se va aprovechando.

—Espero que no lo digas por todo este tinglado que ha salido de mi bolsillo. No te sientas mal por eso y vamos a llevarnos bien. Ya me entiendes. —Le guiña un ojo y da un trago a su copa de espumoso rosado—. Considéralo una contraprestación.

Desliza su mano por el recorrido que marca la cremallera del vestido de madrina sobre la espalda.

—Favor con favor se paga. —Le mira. Sus ojos púrpuras resplandecen a pesar de estar vidriosos.

—Así me gusta. —Sonríe el viejo carcamal.

De pronto, las luces del salón bajan de intensidad y crean una atmósfera tenue y misteriosa. Es medianoche y Anora suspira. Una tarta de tres pisos desciende desde la lámpara de araña que adorna la pista de baile, rodeada de un humo rojizo que provoca los murmullos de los asistentes. Los recién casados se miran y sonríen. Uno de los camareros entrega una espada a Cassandra, para que la corte como marca la tradición.

La sostiene con una mano ante la mirada de los invitados y de su propio marido, antes de cercenarle la cabeza. Su cuerpo se cubre de escamas debajo de su vestido salpicado de sangre. Los invitados intentan escapar, pero los accesos al salón están atrancados. Los familiares de la novia se convierten en seres alados que se disputan a los del novio. Los niños de las arras juegan con la cabeza de la mujer de Paco, que rueda por el suelo como una pelota de fútbol. El hombre ni siquiera es capaz de mirar a su consuegra, que aún continúa a su lado:

—A cada cerdo le llega su San Martín —le dice antes de arrancarle parte del cuello de un mordisco.  

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