Las campanadas traen la muerte.

Mientras mi madre me baja el velo en la sacristía veo como Alicia llega al altar y suena la primera.

—Madre, aún puedes pararlo.

—Calla. ¿Has tomado la medicación?

Asiento. Aun así, Marta, mi propia madre, me da una pastilla azul que finjo tragar.

—Del amor al odio hay un paso —me susurra el diablo.

—Del odio al amor no hay vuelta atrás. —Completo en voz alta, sin darme cuenta.

—¿Qué dices? Nada de locuras, ¿eh? —Para mi madre soy mercancía dañada—. El capo te acompañará y no avergonzarás más a esta familia. ¿Me oyes? Hay más de cien…

Es mejor no mentar al diablo. Como si lo hubiera oído irrumpe en la sala; sudoroso en su esmoquin, sonriéndome. Le veo como el cerdo que es. El que plagaba mis pesadillas dormida y despierta. Tiemblo al sentirle recorriendo mi espalda, abrazándome.

—Sobrina. Eres hermosa. —Sus manos se detienen apreciativas en mi trasero— Me alegro de que te espere una mujer. Aunque, dadas las circunstancias, el cura me ha salido caro.

Mi madre le deja arrastrarme hasta el altar. Nadie se extraña. Todos lo saben.

La segunda campana repica cuando me besa lujurioso antes de soltarme.

Todo acabará hoy. Durante la ceremonia lo invoco, hasta que el grito de Alicia me saca del trance. Tira de mí y señala el suelo. Ha funcionado, proyectamos tres sombras, aunque para ella no haya nadie más aquí.

La tercera campana suena cuando el demonio se hace visible.

—Bien sabe el diablo a quién se le aparece —le susurra a Alicia al rasgar con un gesto rápido su vestido, dejando al aire los moratones y las heridas que la han llevado hasta mí.

La sangre corre por el suelo de la iglesia, salpicándonos, mientras el demonio alado, descuartiza uno a uno a los invitados, recreándose en la agonía de los que hicieron oídos sordos.

Yo saco del bolso las píldoras con las que mi madre silenció los gritos y los abusos, y una a una le obligo a tragarlas.

—Muerta la perra, se acabó la rabia —sentencia el diablo tras su último estertor.

—Y la esquizofrenia —añado.

Al fin me giro hacia la fuente de mi supuesta locura: un ser patético que se ha orinado por vivir unos instantes de infierno. Me debe veinte años.

—No tiene alma, pero es tuyo. —Se lo cedo al demonio—. Atiende a sus súplicas, como él hizo con las mías.

—Favor, con favor se paga— Le abraza, llevándoselo al infierno.

—Te podías haber quedado con este también— grita mi mujer a la nada mientras patea el cadáver decapitado de su padrastro.

—¿Alicia? —Me había olvidado de ella.

Antes de responder toma un sombrero del suelo y me lo ofrece.

—¿Sombrerera?

La cuarta campanada suena cuando abandonamos la iglesia con nuestras tres sombras, sin mirar atrás. Sin ver como la tierra se abre engullendo nuestro pasado. Un trato es un trato, cien almas por nuestra libertad.


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