No confiaba en esas aplicaciones para ligar, pero Elena parecía maja y no tenía nada que perder.

Comenzamos mal. Para empezar, se trajo a una amiga.

—Es Isa. Viene conmigo a todos sitios —informó—. Y más a estos rollos. Si hubieras pasado lo que yo lo entenderías.

Acepté continuar la cita a regañadientes. La conversación se torció pronto.

—¿Cómo te llevas con tus ex?

—No me llevo. —Me revolví en la silla—. Terminé mal con todas ellas. ¿Y tú?

—Guardo un recuerdo muy especial de cada uno de ellos y…

—Bien está lo que bien acaba —apostilló la tercera en discordia. Gruñí.

—Además, esas experiencias me han llevado a conocerte hoy, ¿no crees?

Con eso me convenció. Soy así de simple.

La segunda vez también vino acompañada.

—¿Traigo a uno de mis amigos para la próxima?

—Dudo que tengas alguno —dijo Elena con sorna.

—No me duran demasiado —reconocí.

—Si dices las verdades pierdes las amistades.

—Por desgracia, Isa, así es. —Levanté mi cerveza—. Por vosotras, chicas. Y por las nuevas amistades.

Aquella noche llevó a otra, y nunca faltó Isa. Era una tía rarita, pero enseguida descubrimos que los tres lo éramos. No teníamos casi nada en común: no nos gustaba la misma música, ni el mismo cine, ni el mismo humor, pero coincidíamos en lo más importante.

Hay cosas que no puedes confesar a cualquiera porque te tildan de loco. Porque huyen de ti. No puedes evitar ser así y, al final, eso que no puedes gritar al mundo acaba matándote si no lo sueltas. Por eso confíe en anteriores parejas y colegas. Siempre salió mal. Hasta que descubrí que Isa y Elena estaban de acuerdo conmigo. Ellas sacaron el tema. Fue liberador.

Al poco ya éramos algo más que una relación de pareja convencional.

—¡No hay dos sin tres! —anunciaba cada vez que se metía en la cama con nosotros.

—Y no hay quinto malo —añadía yo siempre.

—Ya te gustaría. —reía mi novia.

Elena está embarazada y hoy nos casamos. La ceremonia es rápida, un mero trámite en el juzgado que solo se alarga por una emotiva intervención de Isa. Emotiva y convencional, para que ninguno de los presentes se escandalice. El convite lo celebramos en casa y en la intimidad. Solo los tres, para poder ser nosotros. Antes hemos de decidir si el banquete de bodas será chino, hindú o coreano.

—Decide tú, que tienes que comer por dos —la animo.

Nunca terminé bien con ninguna de mis parejas. Ella es diferente.

—Si por mi fuera me comía a los tres —reconoce.

Siempre guardó un recuerdo de cada novio. En el congelador.

—En el comer y en el rascar todo es empezar.

Isa se adelanta y cruje algunos huesos antes de empezar el festín de carne, sangre y vísceras.

Revelamos nuestro secreto a los más cercanos, nos tildaron de locos y quisieron huir. Tal vez contarlo. No pudimos permitirlo. Eso es lo que nos une. Eso es lo esencial.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Maggeena @Maggeena hace 1 mes

    Me encanta el sentido del humor tan retorcido que late en todo el relato, y como tienes que releerlo todo una vez que acabas con una sonrisa porque ahora todo encaja. ¡Me ha gustado muchísimo!


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