—Ha pasado tiempo —dijo alguien detrás de mí. Me quedé helada. Llevaba años sin oír aquella voz. Siglos, en realidad. Me volví, y mis peores temores quedaron confirmados. A apenas dos metros de distancia, la última sirena que hubiera querido ver en todo el océano se erguía orgullosa—. Te veo bien.

—Pierdes el tiempo —espeté, enfadada. Prefería ahorrarme los preámbulos—. Sabes que no regresaré con tu grupo de asesinas de hombres, y dejé muy claro qué pasaría si volvía a verte.

Dirigí mi mano hacia el puñal que colgaba de mi cadera.

—Espera —pidió ella—. Es por Coral.

Mis dedos alcanzaron la fría empuñadura de piedra, y la así con fuerza. Después levanté el arma, apuntando justo al pecho de mi rival.

—Tienes cinco segundos para alejarte. Ya puedes nadar rápido.

—Escúchame. Tienes la oportunidad de vengar...

De un coletazo, me impulsé hasta tener la hoja de mi arma rozándole el cuello. Ella no retrocedió. Siguió mirándome a los ojos, desafiante. Casi sonreía.

—Eso no es posible—respondí.

Ella sacudió la cabeza.

—Hay un barco. Uno de los hombres...

—Han pasado siglos, no puede ser él.

—Pero huele como él. No sé cómo es posible. Quizá sólo sea un descendiente suyo, pero es la mejor oportunidad que jamás tendrás de saldar cuentas.

—¿Y has venido aquí, sabiendo que podría matarte, solo para decírmelo?

Ella entrecerró los ojos, seria de pronto.

—No eres la única que la quería, ¿sabes?

—¿Por qué no lo haces tú, entonces?

—El derecho te corresponde a ti. Además, no podría aunque quisiera. Ese barco es el más duro que hayamos visto nunca. Te necesitamos para hundirlo.

Lentamente, bajé el brazo que sujetaba el puñal. No quería seguir hablando.

—Ya te he dicho que lo he dejado, Marea. No volveré a dejarme llevar por el odio.

Me di la vuelta y comencé  a alejarme, pero no llegué  lejos. Un frío desgarrador me recorrió de la cabeza a la cola, dejándome clavada en el sitio.

Véngala.

La voz que resonó en mi cabeza era una versión distorsionada de la mía. Resentida y cruel, había gobernado mi mente durante años, pero yo creía haberla enterrado dos siglos atrás.

—No—musité.

Da igual quién sea él. Tiene la sangre de Coral en sus manos. Ella ahora es espuma, su alma nunca va a descansar, y la culpa la tiene él.

Seguí nadando. Marea me llamaba, pero yo apenas la oía.

Coral te habría vengado.

Me detuve. Eso era cierto. Coral había odiado a los hombres con todo su ser, y no habría desperdiciado ninguna oportunidad de derramar su sangre. Clavé la vista en el muñón de mi brazo derecho; otro mal recuerdo de aquel día.

La voz en mi cabeza continuó hablando, llenando mi mente de recuerdos de muerte y dolor que hubiera preferido olvidar. Marea se había acercado y también hablaba, insistiendo. Los argumentos de una y de otra se mezclaban. Las dos hablaban de resentimiento y sangre. De Coral. Yo solo quería que callaran, seguir fingiendo que todo estaba bien, que me dejaran olvidar. Finalmente, el dolor y la angustia revivieron el odio que con tanto esfuerzo había mantenido enterrado.

—¡Muy bien!—grité—. Lo haré. 

Ambas voces callaron.

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