La presión del agua se hace insoportable y la luz cada vez es más escasa. Menguan las fuerzas y la bombona de oxígeno se extingue. A mi alrededor, restos de viejos recuerdos buscan su sitio en su nuevo hogar. Objetos, velas, riquezas y... él... todo se hunde al mismo ritmo que se hunde mi confianza en que las cosas vuelvan a su cauce natural.

Prefiero no recordar sus últimas palabras. “Tú eres la razón de todo y solo tú puedes recuperarlo. Nunca dejes de luchar por ello, por favor”. Que no deje de luchar? Por qué? Ya no hay nada en mi vida por lo que merezca la pena luchar. Todo ha acabado en el momento en que esa gigantesca ola ha engullido el sueño de dos locos de atar. Se acaba la bombona, su último regalo. Un regalo con un sello irreemplazable, de quién consiguió conquistar un corazón dañado como el mío. Por más que lo intento, no consigo comprender porqué me lo ha dado, podría haber salido de ahí, haber cumplido su sueño. En cambio, nada ya será, porqué sin él, yo ya no soy nada. Él era mi guía, mi mayor tesoro.

Cierro los ojos y me dejo llevar por la corriente. Agua fría seguida de agua caliente. Ya nada tiene sentido. Sola no duraría más de lo que duraría una llama en medio del océano. Empieza a pasar la vida ante mis ojos. Mi infancia, recuerdos de dolor, recuerdos de alegría.

Hace mucho frío, el agua cada vez es más fría y más pesada. Instintivamente, meto las manos en los bolsillos, buscando calor. Toco algo y lo saco del bolsillo. Dos fotografías. En una aparezco junto a mi madre, mi primer amor. En la otra, aparezco junto a él, mi verdadero amor. Sonrío, recordando sus miradas y me fijo en algo. Los dos me miran igual. Y detrás de la fotografía de mi madre... su dedicatoria. Aún se puede leer: “Que todos los días de tu vida puedas ser feliz como lo soy yo cada día por la mañana al ver tu sonrisa y la ilusión en tus ojos. Tu me das la vida que muchos otros me quieren quitar. Te quiere, mamá.”

Algo se enciende dentro de mí, una llama reconfortante y que me llena de energía. “Tu me das la vida que muchos otros me quieren quitar”... No es la primera vez que me lo dicen, él también me lo dijo el día que emprendimos nuestro sueño. Por eso me salvó, yo podía cumplir nuestro sueño. Ahora lo entiendo todo, tengo que vivir!

De pronto, una luz me ciega. Algo me alcanza, parece una red. Me agarro a ella con fuerza. Por dentro me repito el mantra que me repetiré hasta ver nuestro sueño cumplido: “Yo doy vida. Nada me podrá parar hasta verlo cumplido. Hoy he nacido para no morir nunca. Mi legado será eterno”. 

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