Katrina, por favor, ¡escúchame!

¡No!, yo no elegí nada de esto, papá. Estoy… cansada de esta vida, de esta oscuridad, de esta maldita cárcel. Dime, ¿por qué seguimos? No merece la pena, aquí no hay nada, nunca lo hubo, todo está tan… tan muerto.

Eso no es cierto, cariño. Lo hay. Lo que sea que haya lo encontraremos. Tenemos tanta responsabilidad en nuestras manos, en tus manos…

La joven golpeó con rabia el grueso cristal que la separaba de aquella insondable negrura. El vidrio resonó, grave, pero tan sólo le devolvió un eco sordo. Allí arriba, en la seguridad de su atalaya, se recostó, dolorida, y lloró de rabia hasta quedarse dormida. Un océano de metano líquido veló su tembloroso reposo y calmó el llanto desconsolado de quien acaba de perder a un ser querido.

Y ella soñó.

Soñó con una vida diferente. Una vida feliz en los cálidos campos de la Tierra que nunca había conocido, o en las hirvientes ciudades, tan llenas de vida, de las que solo había oído hablar en boca de los más viejos. Tanto igual le daba. Sólo pedía, en definitiva, una vida alejada de aquella labor opresora que amenazaba con mantenerlos sumergidos en los mares de Europa de por vida. Una vez más, soñó con romper aquellas paredes de chapa gruesa que la protegían de la brutal presión del exterior y bucear ahí fuera para encontrar de una vez por todas aquello que habían venido a buscar hacía ya más de cincuenta años. Aquel descubrimiento que les brindaría un billete de vuelta a casa.

Cuando despertó, la realidad se mostró, como siempre lo hacía, inmutable y despiadada. Con la muerte de su madre, únicamente quedaba ella como mujer a bordo, con todas las consecuencias que ello acarreaba. Sus compañeros lo sabían igual de bien que ella: si la búsqueda no resultaba exitosa en los próximos años, la misión tendría que seguir adelante con nueva sangre. Aquel submarino no dejaría de sondear las oscuras aguas de aquella luna de Júpiter hasta que hubieran encontrado una señal de vida; o una prueba irrefutable de que no la había.

Se desperezó.

Sus ojos enrojecidos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad, pero enseguida la vio. Una luz, allá al otro lado del pesado vidrio. Una luz intermitente y azulada. Y a medida que el vehículo avanzaba lentamente hacia ella, cada vez más luminosa. El corazón de Katrina dio un vuelco.

¡Papá! ¡Sergei! ¡Zanos! ¡Que alguien suba a ver esto! ¡Rápido!

¿Qué es? ¿Qué pasa? ¿Algo grave?

La niña dudó.

No… no lo entiendo. Estaba ahí, lo juro. Hace un momento. Lo juro, papá, estaba ahí, una luz. Una luz artificial.

Pero si alguna vez hubo algo, ya se había ido. Fue un rayo de esperanza, quizá, un fuego fatuo o una estrella fugaz. Ni Katrina ni nadie lo sabía a ciencia cierta. Pero ahora, fuera lo que fuese, ella estaba dispuesta a encontrarlo.

Porque de ninguna manera pensaba quedarse a morir allí abajo.


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