Aera Skatolo era una de las últimas ciudades subacuáticas habitadas. Tras el Cataclismo, los supervivientes tuvieron que emigrar al fondo marino; crearon núcleos autosuficientes que, con el paso de los años, se fueron aislando y deteriorando hasta hacerse prácticamente insostenibles. Necesitaban volver a subir, buscar otra alternativa. 

Nosotras nacimos en la superficie, mucho antes de la Catástrofe. Cuando mamá enfermó, papá perdió la cabeza. No había tratamiento, así que gastó todos sus recursos en dormirla con el propósito de que la curaran en un futuro. Para que no despertara en un mundo extraño rodeada de desconocidos, decidió dormir a su única hija con ella.  

Pasamos casi dos siglos criogenizadas. Despertar aquí fue la experiencia más traumática de mi vida. Ya habían pasado diez años y ese momento todavía me asaltaba algunas noches.

Salvatore me había propuesto unirme a la expedición. Decía que contar conmigo sería lo que nos haría triunfar donde otros habían fracasado. Yo me había negado. No podía; no tenía esa fuerza. ¿Qué ayuda podía ofrecerles, si entonces era solo una mocosa? Además, en el fondo, me aterraba subir y ser yo la que descubriera que ya no quedaba nada. 

—Idalia, cariño, ¿estás ahí? —preguntó mamá sacándome de mis pensamientos.  

—Sí, claro —dije incorporándome y cogiendo su mano.  

Me miró con ojos cansados. Al final todo lo que habíamos pasado solo había retrasado lo inevitable. Estaba postrada en una cama. Y se moría. 

—¿Has encontrado el anillo? 

Le sonreí con ternura. Lo había perdido hacía unos días, era lo único que le quedaba de papá. 

—Todavía no, mamá. Luego lo buscamos.  

Apretó mi mano. 

—Quiero que te lo quedes. Así te acordarás de mí... De nosotros… 

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no derrumbarme. Era muy duro ver cómo la persona que más quería se apagaba, cómo había aceptado su destino.

En ese momento entró Salvatore. 

—¿Cómo está? —preguntó en voz baja. Negué con la cabeza. Se sentó a mi lado—. Escucha, Idalia, necesito que aceptes… 

No respondí. 

—Idalia —dijo mamá—, tienes que subir.— La miré desconcertada, hablaba despacio, pero estaba muy lúcida—. No estamos hechos para vivir aquí abajo. No prives a esta gente de sentir el calor del sol. No permitas que su mundo se reduzca a esta burbuja artificial. 

¿Ahora también ella me iba a venir con el cuento? 

—Mamá yo… 

—¡Haz caso a tu madre! —me replicó mostrando ese genio que yo ya había dado por perdido.  

Le acaricié el pelo. ¡Cómo la iba a echar de menos! 

Murió esa misma noche.

En el funeral me sentía desorientada, vacía y muy sola. Mientras observaba, a través de la claraboya, como su cuerpo ascendía en el agua hasta desaparecer en la negrura del océano, en mi mente centelleaban sus palabras: No podía permitir que la gente naciera y muriera en esa enorme cúpula de plexiglás sin ver jamás la luz del sol. 

Apreté los puños y me mordí el labio inferior. Respiré hondo y me giré para mirar a Salvatore. Estaba aterrorizada, pero ya no tenía nada que perder. 

—De acuerdo —le dije—, subiremos a la maldita superficie.

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