Desde su habitación, Lira podía escuchar las voces alteradas del exterior. Nadie había ido a verla ni a informarla de lo ocurrido, pero no le había resultado difícil enterarse debido al alboroto.

—¿Lo ha perdido? —preguntaba alguien.

—¡O quizá lo han robado! —aventuraba otra voz.

—¡Quién sabe lo que nos pasará si el rey Tritón no recupera su tridente! —se lamentaba una tercera.

Lira observó por la ventana: la fiesta se había convertido en un caos. Una parte de ella se alegró, pero al momento se sintió culpable.

Desde pequeña odiaba las fiestas de la corte. Sirenas y sirenos eran invitados, charlaban de cosas banales, disfrutaban de banquetes y forjaban amistades. Y, lo más importante, cantaban.

Cada familia presentaba a sus hijas e hijos y estos ofrecían una actuación que debía satisfacer al rey. Si no le satisfacía, aquella familia perdería muchos puntos a su favor en las negociaciones políticas.

Por ese motivo, una sirena muda como ella nunca fue llevada a ningún evento. Era una vergüenza para su familia.

Mientras todo el mundo se divertía entre burbujas y glamour, ella se acostumbró a observar desde la soledad de su habitación. Y, más adelante, se habituó a recorrer las corrientes marinas, a nadar lejos de aquellos nidos de hipocresía hasta que no pudiera dar un coletazo más. Así fue como terminó conociendo a su maestra.

Pero aquello era demasiado, ¡el tridente del rey! Ella ni siquiera estaba invitada a las fiestas reales, podría quedarse para siempre encerrada en su soledad y nadie la molestaría. No tenía por qué meterse en problemas.

El espejo de su tocador comenzó a mostrar una espiral de humo rosáceo que llamó su atención. Lira se sentó frente a él justo cuando el rostro de su maestra aparecía en la superficie de cristal.

—Lira, ¿qué tal va todo? —preguntó Morgana con voz dulce.

La sirena asintió, indicando que todo marchaba bien.

—Espléndido —respondió la imagen—. ¿Vendrás a verme como lo acordamos?

Lira dudó y bajó la mirada, inquieta. Morgana entendió su desasosiego.

—Todavía tienes dudas, ¿verdad? No te culpo —comprendió—. Pero tienes que recordar.

La muchacha alzó de nuevo la vista, observando a su maestra.

—Recordar todas esas fiestas sin ti, toda esa condescendencia, esa vergüenza…, la corte del rey no es el mágico lugar ideal que tanto nos hacen creer. Si no les diviertes, no tienes cabida allí. Tú lo sabes y yo también.

Lira asintió despacio. Morgana tenía razón.

—Por eso precisamente sé que tú vas a ayudarme. Confío en ti.

La imagen se desvaneció y Lira se quedó a solas con su silencio, meditando. Su maestra tenía razón, por más dudas que tuviera, ella era la única que podía ayudarla. Suspiró y se puso en marcha.

Ser invisible durante tantos años dio sus frutos. Llegó hasta la gruta sin problemas y buscó en el lugar indicado. Allí, tal y como su maestra le aseguró, estaba el Tridente.

Era hora de llevárselo a Morgana y coronar a una nueva reina.

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