Aïsha no podía hacerlo. Creía que tenía el valor y la determinación para ello, pero no era así. Lo supo justo antes de llegar a la superficie, cuando el agua se volvía más clara y el sol casi acariciaba las mejillas. Volvió hacia el fondo de aquel océano, donde apenas llegaba luz. ¿Cómo podían pedirle eso a ella, precisamente? Era imposible. Odiaba reunirse con sus hermanas, y además había perdido la daga que la entregaron para defenderse. Podía oír sus graznidos.

—No es imposible, chiquilla. Es solo que no nos quieres lo suficiente —aclaró una de las sirenas de más edad mientras la cogía del brazo.

—¿Cómo podéis decir eso? Temo ser demasiado inexperta y, además, en mi estado…

—Las jóvenes, siempre tan egoístas —intervino otra con voz rasgada—. Antes no era así. Antes existía el respeto. ¿Sabéis que ha perdido la daga?

—¡Os respeto! ¡Y os quiero y quiero salvaros! Pero tiene que haber otra manera.

—Piensa demasiado. —Una tercera figura de dientes afilados y torcidos salió de la oscuridad para unirse a la discusión.

—¡Ja! —soltó una cuarta de manera seca—. No pensaría tanto cuando se dejó preñar.

—Suficiente. —El silencio se hizo en aquel corrillo. Una sirena de un solo brazo nadó despacio hasta alcanzar al grupo—. Solo está asustada. Vosotras también lo estaríais en su lugar, pero sois demasiado viejas, estáis demasiado locas y no tenéis nada que perder.

—¿Podemos dejar que todo siga su curso, tía? —La joven se tocó la tripa.

—Si es tu deseo, así se hará. Sobreviviremos de un modo u otro. —Se tocó el muñón—. No todas estamos preparadas para hacer sacrificios.

—¡Entonces ya será tarde! —reclamó una de las ancianas.

—Cállate o juro…

—Tienen razón —zanjó Aïsha—. La situación es insostenible. No tenemos alimento. Unas pocas algas y peces pequeños no son bastante comida para todas.

—Volvamos a lo tradicional. —Se relamió una entre risas—. A los marineros achacosos y borrachos. O encontremos a otro como el que te dejó preñada.

—¿Por qué tengo que ser yo? —La ignoró—. ¿No sería más lógico que fuera cualquiera de las otras?

—Míranos. Somos ancianas decrépitas. Medio ciegas, prácticamente calvas, escuálidas y sin apenas voz. Mientras que tú eres bella, conservas todo tu encanto y llevas la vida dentro de ti. Los de la superficie te adorarán.

—¿Y qué haré cuando me adoren?

—Lo sabe de sobra: canta. Los que tengan suerte vendrán a nosotras, serán nuestro sustento y así les mermaremos. Aquellos que no enloquezcan te matarán, aunque tus huevos irán antes que tú. Cuando vean las formas que crecen bajo los cascarones semitransparentes no podrán soportarlo. —La tomó de la mano—. ¿Lo harás? ¿Por todas nosotras?

—Es tanta responsabilidad…

—Nos asegurarás el futuro.

Cargada de culpa y resignación nadó sin detenerse, desde el abismo en el que se escondían hasta cruzar la mirada con un marinero. Así empezaba. Los humanos no tendrían demasiado lugares para esconderse. Después de todo, tres cuartas partes del planeta eran agua.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.