—Si Ariel es tan imbécil como un salmón a punto de desovar es su culpa.

—¡Es tu hermana!

—Y se quedó con los peores genes. Pero ¿se ha ido a la superficie? ¿Estamos entendiendo esto? ¡Úrsula, todo esto es culpa tuya!

La bruja del mar sonreía como si la situación fuera divertida. Tritón, en cambio, la miraba con una súplica dibujada en sus pobladas cejas blancas.

—Hija…

—¡Tienes muchas hijas más, padre! A mí no me cargues con esto.

—Pero tú y Ariel siempre habíais tenido un vínculo especial.

—Un vínculo que se ha perdido hace mucho tiempo. Cuando ella empezó a perder la cabeza, más o menos —refunfuñó la joven sirena con los brazos cruzados—. Que vuelva ella solita si ha sido tan lista para irse.

—Ya sabes lo que hacen los hombres con las mujeres fuera del agua.

—Si es que es imbécil…

—Y tu hermana —recordó con una voz tan oscura como la tinta la bruja del mar—. Y tú puedes salvarla.

La joven se mordisqueó el labio con furia. Con el ceño fruncido lanzó una mirada acusadora a su padre.

—¡La última vez que me arriesgo para que la niña entre en razón!

Su padre la abrazó con un suspiro de alivio.

—Tu hermana te quiere mucho.

—Pues podría demostrarlo —farfulló la sirena.

Úrsula sonreía con los ojos llenos de magia.

—¿Estás lista, pequeña?

—No. Pero qué remedio.

Si Ariel quería ser la irresponsable le tocaría a ella ser la que tenía la cabeza fría y las aletas en el agua. O, en este caso, los pies en la tierra.


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