Era el decimocuarto día en el cargo y ya se habían cumplido las dos semanas más difíciles de mi vida. Aquel era el tiempo acordado.

Me levantaron temprano, ignoro la hora exacta. El sol ni siquiera había salido cuando me introdujeron en un coche blindado. Un Mercedes negro con cristales tintados y carrocería a prueba de bombas. En las puertas, un único distintivo: un águila calva sosteniendo trece flechas en una garra y una rama de olivo en la otra.

—Un café, por favor. Solo.

En el asiento de atrás, alguien me pasó un informe que apenas tuve tiempo de leer antes de llegar a aquel lugar.

De modo que era allí. Me sorprendió que guardasen algo así en lo que parecía ser un almacén abandonado. Habían hecho un buen trabajo escondiendo aquella instalación: apenas pude advertir las cámaras de seguridad, las torretas automáticas o los soldados camuflados, apostados en aquel entorno industrializado. El edificio no podía haber sido más prosaico.

Entramos. Tras las puertas de máxima seguridad todo funcionaba como un reloj. Un mecanismo complejo, magnífico y perfectamente engrasado, calibrado hasta la perfección. Todos los hombres estaban donde debían estar, todo trabajador hacía lo que debía hacer y a pesar de lo crítica de la situación, aquella eficiencia me maravilló durante los escasos segundos que tuve que esperar para poder acceder a la sala de control. Dentro, ellos también me esperaban. En la penumbra, vislumbré algunas caras familiares. A otras personas las conocía por el nombre y el cargo; fui presentado al resto. Terminaron por aclararme todos los detalles que no había podido asimilar con el informe preliminar. El tiempo, valioso y escurridizo, apremiaba.

 —¿Cuándo comenzaron los primeros ataques? —me escuché preguntar.

 —Hace una hora, señor. La mayoría en puertos militares y bases de ultramar. —El jefe del Estado Mayor del Ejército dudó antes de añadir —Err… me temo, señor, que tiene que tomar una decisión ahora mismo. Cada segundo cuenta.

Así que había empezado. El panel de mando estaba completamente iluminado, las posiciones claras, los códigos introducidos y las llaves de activación accionadas. Tan solo quedaba pulsar ese botón rojo.

Era el decimocuarto día en el cargo y me enfrentaba a la decisión más difícil de mi vida. Como cuadragésimo sexto presidente de los Estados Unidos de América recaía en mis manos la decisión de iniciar la primera Guerra Nuclear de la Historia, la única, tal vez; como muchos lo llamaban, el Principio del Fin del Mundo.


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