Hace semanas que los veo, aunque siempre ha sido por el rabillo del ojo. Empezaron siendo siluetas, voces; todas extrañamente familiares y percibidas en pleno caos de la ciudad. Después los signos se volvieron más claros: un brevísimo contacto visual con unos ojos de mi mismo color, un encapuchado con mi misma altura que caminaba junto a mí, alguien de espaldas que llevaba mi ropa. Hace dos días creí ver de reojo a uno sentado en mi cocina. Al principio pensé que era mi imaginación. Después, que era el estrés. Ahora estoy seguro de que o me he vuelto loco, o estoy metido en algo muy, muy malo. Sé que tengo que llegar al fondo de esto, o al final la paranoia podrá conmigo. Por eso he vuelto al almacén en el que me colé justo antes de que todo esto empezara. Tengo que averiguar lo que ocurre, si es que de verdad ocurre algo. Ojalá, ojalá que sea yo el loco. Llegados a este punto, todas las teorías que se me ocurren son mucho peores que acabar en un psiquiátrico. Cierro la puerta tras de mí todo lo silenciosamente que puedo, quedándome a oscuras. Rápidamente saco el móvil y activo la linterna, con la que apunto a cada rincón del cuarto. Repetidamente. Al fondo, en el mismo lugar que la última vez, se encuentra la enorme caja que apenas llegué a entreabrir. La tapa sigue tal y como la dejé pero, de alguna forma, sé que la respuesta a mis preguntas está ahí dentro. Lentamente, me acerco y, con más parsimonia aún, la abro.

La sorpresa casi me hace dejar caer la pesada tapa, y me noto palidecer. Dentro hay una persona. Está inmóvil, con los brazos colocados sobre el regazo. Despacio, muy despacio, levanto el haz de luz hasta iluminarle la cara. Soy yo. O parezco yo. Tiene los ojos cerrados. Está muerto. Estoy seguro. Miro con más atención. Hay un sobre junto a él. No sé de dónde saco el coraje, pero extiendo una mano temblorosa y lo cojo. Dentro hay un mensaje en binario, pero ese código siempre se me ha dado especialmente bien. "Versión 34, modelo inestable. NO activar". Esto es más de lo que puedo soportar; voy a adelantar la cita con el psicólogo. Comienzo a retroceder sin quitar ojo de encima a lo que sea que yazca en la caja, dispuesto a huir de aquí y no volver por muchos clones que me persigan, pero algo que piso cruje. Me giro para echar a correr, pero sé que es tarde. Ha abierto los ojos.

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