Me tienen atado a una destartalada silla. Robar al cártel no ha sido buena idea. Me han pillado desprevenido en la calle y traído a este almacén medio derruido en las afueras de la ciudad. Es un sitio estupendo, aquí nadie me va escuchar gritar.

—Te lo voy a preguntar otra vez, —El tipo me amenaza con el puño con el que me acaba de golpear—. ¿dónde has escondido la mercancía? —Le sonrío, tendrá que esforzarse más si quiere asustarme.

Me da otro puñetazo en la cara. Siento un crujido en la nariz y un dolor intenso me nubla la vista. Sacudo la cabeza. Joder, tiene buen gancho.

Le miro con lástima, no puedo defenderme, pero soy experto en sacar de quicio a cualquiera. Escupo sangre antes de preguntar.

—¿Ésto es todo lo que sabes hacer?

Me responde con un golpe en el estómago que me deja sin aire. Se ríe.

—Qué va —responde con malicia—, esto es el principio.

—Menos mal —digo recuperando el aliento—, estaba empezando a aburrirme.

Es un tío grande de aspecto rudo. Se remanga la camisa y acerca un pequeño contenedor para sentarse frente a mí, rebusca en el bolsillo y saca un paquete de tabaco arrugado. Me ofrece, niego con la cabeza. Se enciende un cigarro y le da una larga calada.

—Esto no va a acabar bien, amigo —dice expulsando el humo por la nariz—. ¿Lo zanjamos antes de que agotes mi paciencia? Créeme, puedo hacer que lo pases muy mal.

Entonces les importa una mierda dónde estén las drogas... Me han traído a este cuchitril abandonado para ejecutarme. Tengo que hacer algo.

—No soy tu amigo —digo desafiante—, ¿quién querría ser amigo de un mierdas como tú? —Tira el cigarro y se levanta. Está funcionando—. ¿Qué? ¿Vas a pegarme de nuevo? —Sigo provocándole—. Claro que sí. Tú dame fuerte. ¡Aprovecha mientras estoy atado! 

El primer golpe es brutal. Caigo al suelo y, como esperaba, la silla se rompe dejándome libre. Enseguida empiezan a lloverme patadas. Intento cubrirme. Él farfulla algo que no entiendo, estoy concentrado en encajar y aguantar los golpes para pillarlo desprevenido. En cuanto veo el momento agarro su pierna y lo derribo. Aprovecho la confusión para ponerme a horcajadas sobre su pecho y empiezo a darle puñetazos en la cara. No puede hacer nada, me estoy destrozando los nudillos, pero la adrenalina me hace ignorar el dolor. Ya no distingo su sangre de la mía. No me controlo. Estoy en trance.

De pronto me paralizo al sentir el cañón de una pistola en la espalda.

—No te muevas —musita con calma una voz desconocida.

¡Mierda!, pensaba que estaba solo. Levanto las manos despacio. Durante unos segundos el tenso silencio es interrumpido por los estertores del tipo del suelo. Puedo percibir el ligero "clic" del seguro del arma. Va en serio, voy a morir. Me giro para encararme con mi destino.

No reconozco al hombre que me apunta, pero si al que está detrás, escondiéndose de él. Sonrió y justo cuando voy a abrir la boca para hablar, se escucha el primer disparo.

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