Escucho el estruendo metálico que retumba tras cerrar la puerta y el golpe sordo de las palancas de seguridad, antes de que el tubo de escape de la vieja furgoneta proteste, ahogado al arrancar. A partir de ahora, cada segundo cuenta.

Agacho la cabeza. El pequeño hueco que se forma entre la tela me permite mirar de reojo y hacerme una idea del espacio. Me tiro al suelo y me arrastro hasta llegar al pie de la estantería de metal oxidado. Me incorporo y me apoyo sobre uno de sus lados para acercar mis muñecas. Muevo los brazos de arriba abajo lo más deprisa que puedo. La brida que me inmoviliza es más resistente de lo que pensaba. Empiezo a sudar, cansada. Me duelen los hombros. Creo que me he cortado. Y me cuesta respirar. El plástico cede y me libero de su agarre.

Retiro el saco que me cubre la cabeza y permanezco en el suelo, boqueando como un pez fuera del agua, mientras intento recuperar el aliento en esta atmósfera cargada de polvo y humedad. Estiro mis brazos entumecidos y observo mis muñecas en carne viva. Las muevo un par de veces y el dolor es insoportable. El tiempo corre y me lanzo a deshacer la sujección de mis tobillos a base de uñas y dientes, como el animal que lucha por sobrevivir. Al fin y al cabo, eso es lo que soy.

Fallo en el primer intento de ponerme en pie y caigo de bruces contra el suelo de hormigón. Mis piernas fláccidas no responden. Grito llena de rabia y maldigo esta puta ratonera repleta de palés y cajas de cartón, que en su día fue mi lugar favorito. Mi hermana y yo veníamos para jugar al escondite en los días de lluvia. Nos colábamos por un agujero en la alambrada de espino y trepábamos por la fachada hasta una pequeña ventana. Esa es mi única salida. Asciendo por una torre de madera putrefacta y la abro sin mucho esfuerzo.

El viento invernal me golpea la cara con el mismo impacto que un puñetazo, pero no es capaz de detenerme. Me encaramo a la fría estructura y subo descalza hasta el tejado de metal. Respiro mi libertad hasta que escucho su voz a mi espalda:

—¡Quédate ahí! ¡No te muevas!

Cuando supo que habíamos dejado de ser niñas, convirtió nuestro refugio en su prisión. Recuerdo el llanto ahogado de mi hermana cuando venía a verla por las noches a escondidas y le tapaba la boca. «Duérmete», me decía él. Por suerte, una mañana amaneció bañada en su propia sangre, destrozada y consumida por el dolor, y ahora descansa en paz lejos de este monstruo. Después de que ella se marchara, empezó mi condena.

—Adiós, padre.

Hoy, ese Dios invisible al que he rezado tantas noches me concede alas para volar.


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