Había llegado al almacén abadonado donde me habían citado. Era un lugar sórdido, oscuro y que generaba una enorme inquietud. Aún conservaba piezas de la maquinaria que debía de haberse usado allí tiempo atrás, pero ahora sólo eran figuras sin forma definida que ponían los pelos de punta. La única luz que residía allí dentro era la que se filtraba de la luna a través de los cristales rotos cercanos al techo. 

Me encontraba en aquel rincón indeseable por una amenaza dirigida a mi familia que no iba a dejar que se consumara. Aquella misma tarde, había encontrado un anónimo en mi taquilla exigiendo mi presencia en ese almacén inmediatamente. Ni siquiera pude llamar a mi familia para preguntar si estaban bien; alguien me había robado el móvil. No sabía de qué iba todo aquello, pero lucharía contra lo que hiciera falta, enfrentándome al mismo mal si la situación lo requería. 

Avanzando medio a ciegas, le di un golpe a algo con el pie, que chocó contra una pieza de metal y dio tal campanazo que me recorrió el espinazo en forma de escalofrío. Se trataba de un hacha. No me lo pensé dos veces, y la cogí para defenderme si era necesario. Bendita suerte, la mía.

Pasé minutos dando vueltas sin lógica, intentando orientarme y preguntándome si no estaría entreteniéndome demasiado.

Al fin vislumbré una puerta. Por debajo se escapaba algo de luz. Sabía que allí estaba la solución. La abrí con ímpetu, preparado para todo, pero quedé cegado unos segundos. Sólo pude oír varias respiraciones sincopadas, y una voz distorsionada a través de un transmisor.

- Bueno, pues ya estamos todos -dijo, mientras mis pupilas se adaptaban al nuevo ambiente-. Es hora de que sepan porque están aquí.

Pude ver a nueve desconocidos desorientados que sostenían un arma cada uno, mirándose los unos a los otros con inseguridad. La tensión era palpable.

- Me presentaré -continuó la voz, ajena al miedo de los presentes-. Me llaman "El Crupier", seguro que han oído hablar de mí últimamente en las noticias. Me gusta divertirme, como a todos, y en mi caso me gusta dar juego. Es por ello que les he reunido aquí para que se ganen la salvación de sus familias. Quien resulte vencedor, será liberado. Así que adelante, hagan sus apuestas.

La puerta se cerró tras de mí y todos nos miramos durante largos segundos. Mil pensamientos fugaces ocuparon mi mente y todos fueron descartados al momento. Pude leer en los ojos de mis compañeros que estaban sufriendo un proceso similar. Los puños apretaban los mangos de las armas con más fuerza. Las respiraciones se apresuraron. Los músculos se tensionaron.

Y empezó la carga.


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