El olor a pescado me despertó. Había aterrizado en una montaña de sardinas, boquerones y otros que debían de llevar más de una semana en aquel almacén. La peste tardaría días en desaparecer de mi piel. Tendría que tirar la ropa. Aunque en ese momento el pescado era uno de mis menores problemas. Tenía aque salir de allí. Al menos, me dije, había aterrizado sobre algo blando. De otra forma, aquella caida me habría roto el cuello.

Bajé de la colina de peces muertos y comprobé que estaba todo en orden con mi cuerpo. Nada roto. Me dolería la espalda baja unos días por la caída, pero nada más. Miré alrededor. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí? Estaba sola, siguiendo a un sospechoso que había decidido darle emoción al día y subirse a los tejados de las naves portuarias. Le perdí la pista en uno de los tejados con un olor asqueroso. Unos movimientos y luces en el cielo, sobre el puerto, me distrajeron lo justo para que la criatura saltara sobre mí.

Había anochecido en el rato que había estado sin conocimiento, y no había luz allí dentro. Saqué el teléfono del bolsillo de atrás del vaquero, pero no se encendía. La pantalla estaba quebrada. Debí de haber aterrizado sobre él. No noté ninguna presencia que me alarmara, pero debía conseguir luz.

Deambulaba cerca de las paredes buscando algún interruptor cuando lo oí. Era un ruido muy parecido a la absorción de caracoles en salsa de almendra amplificado varias veces. Lo había escuchado antes de empezar a perseguirle en la aduana. Había perdido la pistola entre lenguados y rosadas, por lo que busqué a ciegas, con el poco reflejo que entraba desde las ventanas superiores, algo que pudiera utilizar como porra o para inmovilizarla. Mis manos temblaban mientras palpaba instrumentos en una mesa de trabajo al mismo tiempo que escuchaba cómo aquel ser inhumano absorbía con fuerza docenas de cabezas de pescado al borde de la putrefacción. Si me concentraba, podía intuir su figura agachada con la cabeza hundida entre el pescado.

No había estado siguiendo a un sospechoso normal. Era mi primer extranjero, mi primer caso con visitantes de otros mundos, y aquello me aterrorizaba en parte. Sabía a lo que me enfrentaba cuando firmé, pero no era lo mismo experimentarlo en persona, por muy respaldada que me sintiera como primera mujer en la Oficina Nacional de Entidades No Terrestres.

Palpé un panel con varios botones. Se escuchó un chasquido sobre los peces, seguido de gruñidos y un forcejeo que reemplazaron a la absorción pescado. Miré hacia el techo. No estaba roto sino abierto. Había una pequeña grúa de carga sobre la ciratura, que ahora forcejeaba sin éxito con una densa red. Debí apretar un botón sin darme cuenta, atrapándola.

Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y pude distinguir la puerta al fondo de la nave. Conseguí salir al tiempo que el silencio volvía al almacén. La criatura se había quedado inmóvil. El movimiento ahora venía del cielo.

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