Llevo la coleta muy tensa, porque eso siempre me da sensación de control —aunque en estos momentos no lo sienta. También mis tacones más altos; todo el tiempo que he invertido en preparar el atuendo ha estado dirigido a hacerme sentir fuerte. Protegida. Al fin y al cabo, es la primera vez que padre me envía a presidir unas negociaciones. Nadie me ha dicho qué se pone una para lidiar con la mafia.

Mi homóloga ha elegido un almacén abandonado como lugar de reunión, cochambroso y oscuro, y no puedo menos que alzar una ceja ante tanta decadencia. ¿Qué necesidad hay? ¿Impresionarme? Ni siquiera tengo dónde sentarme, qué poca clase. No estoy lo que se dice muy impresionada, pero tampoco se nota. Cuando uno nace Madden, aprende pronto a ser un iceberg imperturbable. A veces, me gustaría ser un torrente de deshielo glaciar y llevármelos a todos por delante, empezando por mi padre.

Al menos, he traído algo de té en un termo y lo sirvo con parsimonia para invitar a la señorita Cero.  El hecho de que la mafiosa de turno sea una mujer y vaya acompañada de un equipo de seguridad femenino es un alivio. Padre no ha tenido a bien informarme mucho, tan solo me dio  unas frases preparadas y unas directrices y me lanzó a la negociación con la idea de que obedeciese y no pensase. Si no quería alguien que pensase, me podía haber dejado en casa. Es denigrante, pero decido pasar el trago con la dignidad todo lo intacta que pueda. Y el pellejo. No estoy más tranquila porque piense que estas mujeres no puedan matarme. Claro que pueden. No serían buenas en su trabajo si no y las pocas referencias que tengo son respecto a su profesionalidad y efectividad. Tan solo, es un alivio no verme sexualizada. Es ridículamente tranquilizador, aunque sigo aterrada.

La conversación sigue su curso dentro de lo esperado hasta que la señorita Cero tiene la feliz idea de cambiarme súbitamente los términos del acuerdo. Sé que no soy mi padre y el brillo divertido de sus ojos me avisa de que me está probando. A ver qué soy capaz de hacer. La pistola oculta palpita contra mis costillas, porque estoy un poco más que harta de todo, pero me contengo. Eres hielo puro, me recuerdo y sonrío ligeramente, adaptándome a los cambios de la negociación. Endulzo el trato con algunas de las últimas armas desarrolladas por nuestro departamento de I+D, que no me cuesta nada y parece aplacar la injuria de que padre no haya venido.

—¡ALTO! ¡POLICÍA! QUE NADIE SE MUEVA.

Y así es como el hielo se rompe en mil pedazos, con un chasquido ensordecer a pesar de que solo puedo susurrar cuando me vuelvo hacia la voz tan familiar. La que se ha deshecho en besos contra mí tantas veces.

—¿Tom?

Así es como el hielo se rompe, al eco de las balas que empiezan a volar.

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