Respiro aliviada al verle aparecer. Parece cansado. Lleva las gafas de seguridad colgadas del cuello y el crujido de su gabán antiestática acompaña todos sus movimientos. Su aspecto es como el de cualquier cazador de tormentas, penitentes exiliados a las alturas, condenados a una vida de sufrimiento entre las nubes para extraer la energía que mueve el mundo de la superficie, al que nunca podrán pertenecer. Frío, peligro y escasez, eso es lo que el cielo tiene reservado para los parias, los delincuentes y los que no tienen nada que perder, que se enfrentarán a la tormenta una y otra vez hasta morir.

—No estaba segura de que vinieras. —Retrocede cuando avanzo hacia él. Le comprendo, necesita mantener la distancia, eso le da fuerza y seguridad para cumplir su promesa. No volverá a acercarse a mí.

—El mensaje decía que era urgente. —Jan no es capaz de mirarme mientras habla—. Más vale que sea así, esto es muy arriesgado.

Es cierto, hasta ahora hemos tenido suerte. Nadie ha descubierto que nos vemos en este viejo almacén olvidado que pertenece a mi padre, el hombre más rico de nuestra nación. Sediento de energía para mantener el imperio que un día será mío, es el mejor cliente de la compañía de Jan. Así fue como nos conocimos, un día en el que yo estaba donde no debía estar y me crucé con quien no debería haberme cruzado. Dos mundos que no estaban destinados a tocarse. Hay un abismo entre el cielo y la tierra y nosotros los cruzamos con los ojos cerrados..

—Necesitaba verte. —Ni siquiera sé como decírselo.

—Íbamos a olvidarlo todo. —Sé que lucha con todas sus fuerzas por hacerlo—. Yo siempre estaré atado a mi nave, a la tormenta, es mi castigo y mi vida. No puedo relacionarme con la superficie.

—Un poco tarde para pensar en eso. —Sonrío con amargura—. Este sitio está lleno de recuerdos —señalo a nuestro alrededor—, fuimos felices aquí.

—Olvídalo, fuera de estas ruinas no somos nada, no podemos serlo. Y es imposible cambiarlo.

—¿Y si no fuéramos solo nosotros? Si hubiera alguien más por el que intentarlo. —Me toco el vientre y Jan me mira incrédulo.

Se oye un golpe seco cuando mi hermano se deja caer desde el piso superior.

—¡Venga ya, Ara! ¿Un chuparrayos? Qué poca clase. —Sonríe triunfante, por fin me tiene en sus manos—. Estoy harto de que nuestro padre sea incapaz de ver lo vulgar que eres, de que me lo quite todo para dártelo a ti mientras tú ensucias nuestro nombre.

Me siento estúpida por haberle guiado hasta aquí. El futuro que hasta hace un momento estaba por escribir acaba de sellarse para siempre. Tendré que responder ante mi padre, me enviará a las Islas del Fin, no volveré a ver a Jan y mi hijo no nacerá nunca. Pero todos esos problemas me parecen insignificantes cuando Jan tira de mí y yo también veo la pistola en la mano de mi hermano.

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