Al principio, cuando esto no se le había salido de las manos, Carlos lo veía como un sano juego sexual. Al menos, se convencía a sí mismo de que solo era una manera de pasar el rato, de ver hasta dónde su cuerpo era capaz de llegar. Por favor, si se masturbaba desde los trece, aquello solo era llevar su(s) orgasmo(s) un paso más allá.

Así que sacó el conejito rampante del cajón de su novia.

Aquella no era la primera vez que lo hacía (esas orejitas puntiagudas ya le habían fastidiado la fiesta), se sabía de memoria las fases de limpieza que debía seguir tanto antes como después de utilizarlo. Sin embargo, a pesar de sus ganas de utilizarlo, algo le retenía y le obligaba a analizar las razones por las que se sentía mal al acariciar el plástico amarillo.

—Estás jodido, chaval.

—¡¿Quién habla?! —Carlos escondió el vibrador debajo de la almohada y se abrochó los pantalones con las manos temblorosas, mirando hacia la puerta cerrada—. Un momento, que ahora salgo…

—No hace falta que salgas, estoy aquí.

La voz salía de entre las sábanas, así que Carlos cogió su móvil esperando ver una llamada accidental. Pero no, estaba apagado para que nadie le molestara en su momento de «me time».

—Te he dicho que estoy aquí.

—¿Aquí dónde? —Buscó alguna figura escondida entre las cortinas e incluso debajo de la cama. Nada, no había nadie—. ¿Dónde estás, pervertido?

—Pervertido, ¿yo? —La voz rio y la vibración le llegó directamente bajo el culo—. Le dijo la sartén al cazo, lo que hay que ver.

—¿Eh? —Carlos, con cuidado, buscó bajo la almohada y encontró el vibrador que, de manera imposible, seguía riéndose—. ¡¿Pero qué coño…?

—Créeme, lo de aquí no va de coños.

Se estaba volviendo loco. Su madre tenía razón, hacerse una paja hacía que perdiera neuronas.

—Relax, Carlos. —El vibrador saltó de sus manos y se tumbó en el cojín—. Vengo a ayudarte.

—Esto no es real…

—Sí, sí, lo que tú digas —murmuró—. Tío, no tengo mucho tiempo, así que escúchame.

—Tengo que ir al psiquiatra, tengo que recuperar la cordura.

—Carlos, tío. —El vibrador volvió a saltar y le cogió la cara con un par de manitas diminutas que habían salido de la nada—. Escúchame. Estamos en el siglo XXI, ¿vale? Y te gusta meterte figuras fálicas por el culo. Y eso está bien, no eres menos hombre por eso. Pero si gritas Oh, sí, Luis, dame más mientras lo haces, aquí tenemos un problema.

—Yo no…

—A mentirle a otro, guapo. —De nuevo, el vibrador saltó y se metió en la caja como forma de despedida—. Eres gay y no pasa nada. Así que sé sincero y díselo a Diana, merece saberlo.

El vibrador (Luis) quedó en silencio y Carlos estuvo horas mirándolo hasta que se convenció de que no iba a hablarle otra vez.

Ese mismo día cortó con Diana y le pidió salir a Luis, el becario de la oficina.

Ah, y fue al psiquiatra.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Gustavo Macher @Gustavo hace 10 meses

    Buenas, Alba. Quería rectificar una parte de mi comentario, que, pese a que lo revisé, se me ha pasado: Al ponerte el ejemplo de como lo veía mejor lo de la vibración, me he dado cuenta de que lo que he hecho es repetir lo mismo que tenías puesto. Quería decir que me sonaba mejor: "La voz rió y la vibración le llegó directamente de debajo del culo". :)

  • Hollking @Hollking hace 9 meses

    °o°... kfafksjfkajs.
    Bueno solo se me ocurre decir que... ¡esta es la cosa más loca y comica que he leido en mi vida! XD
    Se que deberia corregir el relato pero me acabo de leer el testamento dedicado a «como hacer buenos dialogos» de esta pagina y, obviamente, no se me a grabado en la cacerola... no de una manera consciente que me permita corregir algo de manera coherente... pero agradesco no haber estado bebiendo algo mientras lo leia. XD


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