Al principio no había vida. Los insultos, las risas y los golpes se encargaron de acabar con toda luz, pero todo cambió el día que cumplí trece años. Algunas culturas asociaban ese número a la mala suerte. Para mí fue todo lo que contrario.

Esa noche, cuando dieron las doce y empezó oficialmente mi décimo tercer cumpleaños, algo cambió en mi interior. Lo noté como una ola de energía que me recorrió el cuerpo de dentro hacia afuera. Sentí mucho calor, tanto como para echar a un lado el edredón a pesar de estar en noviembre.

Sabía lo que era. En el colegio nos preparaban para el Despertar, por si sucede y por si no. La afinidad por la magia se manifestaba al cumplir trece años. No era habitual, solo un 25% de la población la poseía. La prueba que lo determinaba oficialmente se celebraba el primer día de cada enero. No me tocaba pasarla hasta dentro de dos meses.

No me controlaba. Como les pasaba a muchos niños, utilicé por primera vez mis poderes sin querer. Me asusté cuando un rayito blanco salió disparado de la punta de mis dedos. Impactó de lleno contra el robot con forma de T-rex que estaba tirado en el suelo.

—Grrrrr. —Saltó para ponerse en pie con una especie de rugido con ecos metálicos—. Por fin, estaba harto de estar ahí tumbado. Podrías haberme recogido, ¿es qué no te han enseñado modales? —me regañó.

—Hablas —contesté boquiabierto.

—Pues claro. —El dinosaurio se movió cómicamente, dando un par de pasos hacia la cama con sus cortas patas delanteras estiradas—. ¿A qué estás esperando? Súbeme.

Le obedecí sin saber muy bien qué hacer, solo se me ocurrió pedirle que bajara la voz para no despertar a mis padres.

—Como quieras Andy. —Movió la cabeza hacia los lados como si negara pero me hizo caso.

—¿Sabes mi nombre?

—Lo sé todo sobre ti —dijo mientras paseaba de lado a lado por mi cama, delante de donde estaba sentado en pijama con las piernas cruzadas—. ¡Joder! —Tropezó con el edredón arrugado y estuvo a punto de caerse de morros al suelo— ¿Por dónde íbamos? Ah, sí. —Recuperó la dignidad como si no hubiera pasado nada—. ¿Vas a seguir dejándote mangonear?

—No me dejo.

—No te defiendes, que es lo mismo —me interrumpió mirándome con seriedad.

—¿Y qué quieres que haga? Soy pequeño y bajito, ¡no puedo contra ellos!

—Eso era antes. —Sonrió de una forma que me provocó escalofríos—. Ahora me tienes a mí. —Me tocó el pie con una de sus patas delanteras y luego me señaló—. Y tienes tu magia. Puedes hacer lo que quieras.

—¿Todo lo quiera? —pregunté porque parecía demasiado bueno para ser cierto.

—¿No tienes un dinosaurio parlante en tu cama? No soy un gatito, cachorro. Yo muerdo y puedo enseñarte a hacerlo. —Sonrió otra vez mostrándome una hilera de dientes grandes y afilados, y esta vez le devolví la sonrisa—. Ah, se me olvidaba. Feliz cumpleaños.


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