Al principio creyó haber visto mal. Un defecto visual. Las gafas sucias. «Pero si no usas gafas, Alicia» se recordó.

—¿Qué diablos…? —Se acercó un paso, con cautela. Su gato de porcelana, el de las flores de esmalte adornándole las patas, se desperezó lentamente y ladeó la cabeza hacia ella—. ¡Marcos! ¿Has estado jugando con las pociones?

Oyó unos pasos.

—¿Qué pasa, mamá? —Marcos se asomó por la barandilla de la escalera.

—¡Esto pasa! —Cogió al gato para enseñárselo.

—Anda —se emocionó—, ¡se mueve!

—¿No has sido tú? —Frunció el ceño.

Antes de que él pudiese responder, un ruido en la cocina, como de campanillas al vuelo, los sobresaltó. Hubo varios destellos y, de repente, la mitad de su vajilla entró desfilando en el salón. La tetera —aquella que dejaba un regusto raro en el té desde que Marcos la había usado para hervir mandrágora y ojos de tritón— se paró un segundo, como si los estuviese mirando, y luego trató de escapar por la ventana.

—Ah, no, de eso nada. —Dejó al gato en el suelo y se arremangó la túnica—. Tú no vas a ninguna parte.

Lanzó un hechizo paralizante contra el menaje —«A quien se lo cuente…»— y se dirigió a la cocina, seguida por Marcos y el gato. El espectáculo allí dentro era digno de una de aquellas películas tan populares entre los niños no-magos. Alicia no tardó en localizar a la responsable.

—Ya se ha vuelto a colar un hada en casa —resopló con los brazos en jarras—. ¡Fuera de aquí, señorita!

El hada, sobre la encimera, la miró con sus grandes ojos negros, sonrió con gesto socarrón y aleteó sus alas de mariposa haciendo que una fina lluvia de polvo dorado cayese sobre las sartenes, que comenzaron a revolverse. Alicia respiró hondo, compuso una expresión neutra y mientras mascullaba un «¿Pero quién se ha creído esta?» originó una ráfaga de aire que sacó a aquel bicho impertinente por la ventana entreabierta.

Al volverse pilló a Marcos observándolo todo con ojos enormes y una sonrisa de oreja a oreja. Cuando se percató de su mirada tuvo la decencia de parecer avergonzado.

—Te he dicho mil veces…

—Que no deje miel de caléndula arcoíris en el jardín —completó él, cohibido.

Alicia suspiró.

—Vamos, hay que desencantar todo esto.

—Pero… —hizo un puchero—, ¿por qué no pueden quedarse como están?

—¡Porque no quiero tener que perseguir a una tetera fugitiva cada vez que me apetezca un té!

Marcos volvió a la sala rezongando algo sobre una compañera que tenía una pluma embrujada que escribía sola. Alicia hizo un mohín. Como si fuese consciente de su dilema, el gato restregó su suave lomo de porcelana contra su pierna y soltó un maullido lastimero que sonaba como un tintineo. Bueno, pensó rascándole una oreja, quizás podía dejar a alguno así. Seguro que nadie más tenía por mascota un gato de porcelana viviente.

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